"¿Y adónde voy?", logró decir.
Ksenia se encogió de hombros:
"A casa de mamá. Que te ponga la mesa. Y que te dé dinero para vivir. Al fin y al cabo, eres de la familia."
Vadim intentó decir algo más, el típico comentario acusador. Pero no le salieron las palabras. Porque las excusas solo funcionan con quienes se prestan a escuchar.
Ksenia se levantó, abrió la puerta y dejó su bolso junto a él. Recogió sus cosas en silencio; no todo, pero sí lo esencial. Se giró en el umbral:
"Te arrepentirás."
Ksenia respondió con calma:
"Ya lo he hecho. Siempre cedí."
La puerta se cerró. Y el silencio en el apartamento no se convirtió en vacío, sino en victoria.
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