El cristal de las copas aún vibraba cuando el silencio cayó sobre el salón. Cincuenta invitados de la alta sociedad miraban la misma escena sin entender nada: el hijo del millonario, el pequeño Matías de dos años, corría por el piso de mármol, con las mejillas rojas de tanto llorar, directo hacia… la empleada de limpieza.
—¡Mamá! —gritó, con una voz clara, rota de emoción.
La palabra rebotó en las paredes como una bomba. El niño, que llevaba más de un año sin pronunciar una sola sílaba desde la muerte de su madre, había roto su silencio para llamar “mamá” a una mujer con uniforme gris, cabello recogido en una cola sencilla y un trapeador entre las manos.
Valeria se quedó helada. Sintió cómo se le caía el alma a los pies cuando Matías se abrazó a sus piernas con desesperación, escondiendo la cara en su delantal como si ahí estuviera el único lugar seguro del mundo.
—Ma… má… —repitió el niño, sollozando.
Los invitados se miraban unos a otros. La madre de Rodrigo, doña Mercedes, se llevó la mano al pecho. Rodrigo, dueño de una de las cadenas hoteleras más poderosas de México, dejó su copa de champán sin darse cuenta. Y a su lado, Patricia Velasco, su flamante prometida, se puso roja de rabia bajo el maquillaje perfecto.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —escupió Patricia, avanzando hacia Valeria como un animal herido—. ¿Qué le hiciste al niño? ¿Qué brujería usaste para que te llame así?
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