EL BEBÉ DEL MILLONARIO LLORÓ AL VER A LA EMPLEADA! SUS PRIMERAS PALABRAS DESTROZARON A TODOS

Valeria quiso hablar, pero no le salió la voz. Si decía una palabra, si cometía un solo error, todo lo que había construido en esos tres años huyendo se podía derrumbar. Porque no era Rosa, la empleada de limpieza. Era Valeria Montes de Oca, heredera fugitiva, prometida que había escapado de un monstruo con traje caro. Y su secreto, si salía a la luz, podía costarle la vida.

Rodrigo tomó a Matías en brazos. El niño pataleaba, extendiendo los brazos hacia Valeria.

—Ella no es tu mamá, hijo —murmuró Rodrigo, con un nudo en la garganta—. Tu mamá… ya no está.

—¡No! ¡Mamá! —gritó el niño, intentando lanzarse otra vez hacia la mujer del uniforme gris.

Los murmullos crecieron. Patricia acusaba. Doña Mercedes pedía calma. Rodrigo ordenó que todos fueran a su oficina. Señaló a Valeria sin mirarla a los ojos.

—Tú también vienes.

Y mientras caminaban por las escaleras de caoba, con el niño llorando, la prometida furiosa y los secretos a punto de reventar, Valeria sintió algo claro como un presagio: esa noche, todo lo que había intentado enterrar saldría a la luz. Lo que nadie sabía era que ese “mamá” no era un error… era la pieza que faltaba en una historia que había empezado mucho antes, en otro barrio, con otra familia y con otro intento de asesinato.

Tres meses antes, Valeria estaba frente a otra puerta: la de servicio de la mansión Santillán, en Polanco. Llevaba un vestido sencillo, sandalias gastadas y una mochila con todo lo que le quedaba en la vida. Tres años huyendo dejan poco espacio para el lujo.

Tocó el timbre con la mano temblorosa. En el periódico había leído el anuncio: “Se solicita empleada de limpieza. Presentarse en mansión Santillán, Polanco.” Más que un trabajo, ella buscaba un escondite.

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