Le abrió una mujer robusta, de moño apretado y delantal impecable.
—¿Vienes por el trabajo? —preguntó sin rodeos.
—Sí, señora —respondió Valeria, usando el nombre que ahora la protegía—. Rosa Valeria Jiménez.
Mentir ya era casi natural. Había dejado de ser Montes de Oca la noche en que escapó de su propia boda.
La señora Tencha, ama de llaves, la examinó con ojos expertos. Demasiado bonita para ser limpiadora, demasiado delicada para parecer criada de toda la vida. Pero en su mirada había algo que la convenció: miedo y, al mismo tiempo, una necesidad desesperada de empezar de cero.
—Aquí se trabaja duro —advirtió—. Pero valoramos la discreción. Lo que ves aquí, se queda aquí. ¿Entendido?
—Perfectamente, señora.
Esa noche, en el cuarto pequeño que le asignaron, Valeria sacó de su medalla de la Virgen una foto doblada muchas veces: ella más joven, con un vestido caro, al lado de un hombre de sonrisa cansada.
Su padre.
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