Valeria entró. En la cama había una mujer de unos treinta años, hermosa a pesar del yeso, los moretones y los ojos hinchados de llorar.
—Soy Camila —se presentó—. Camila Santillán.
Le contó que “oficialmente” había tenido un accidente automovilístico, pero ella sabía que los frenos de su coche no fallaron solos.
—Alguien saboteó el auto —susurró—. Y sé exactamente quién fue.
El nombre salió de sus labios como veneno: Patricia Velasco. Hija de político, amiga de la familia de Rodrigo desde jóvenes, enamorada de él desde siempre. Rodrigo se casó con Camila, una maestra de origen humilde, y Patricia jamás lo perdonó.
—Ella quiere mi lugar —dijo Camila—. Y si para tenerlo tiene que matarme, lo hará.
Valeria sintió un escalofrío. Entendía demasiado bien lo que era tener un depredador sonriendo en todas las fotos.
Durante semanas, mientras limpiaba, se sentaba a escuchar a Camila por las noches. Hablaron de miedo, de amor, de hombres peligrosos. Camila le mostró fotos de su bebé, Matías, un pequeño de ojos grises y rizos castaños.
—Si algo me pasa… —dijo una noche, apretando la mano de Valeria—. Quiero que alguien bueno esté cerca de mi hijo. Te lo presentaría si pudiera, pero por lo menos… quiero que sepas que existe.
Le pidió su número. Le pidió algo más: una promesa.
—Si algún día necesitas un lugar seguro, llama a mi suegra. Doña Mercedes es buena. Y si algo me pasara… cuida de Matías, aunque sea de lejos. Solo quiero que lo ame alguien que no busque su dinero.
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