—Patricia no va a estar contenta si sabe que Matías te prefiere a ti. Ten cuidado.
Y claro que no lo estuvo. Vio el brillo diferente en los ojos de Rodrigo. Observó cómo el niño se calmaba solo con Valeria. Y la envidia, esa que había matado una vez, comenzó a hervir de nuevo.
Primero fueron comentarios venenosos. Luego, la trampa perfecta: un collar de perlas “robado”, una habitación revisada, el collar “casualmente” encontrado debajo del colchón de Valeria. Una acusación pública. La humillación frente a todos.
—Es una ladrona —declaró Patricia, con el collar en la mano—. Yo lo sabía.
Valeria temblaba. Si llamaban a la policía y revisaban sus documentos falsos, no solo la acusarían de robo… Sebastián la encontraría. Por primera vez desde que huyó, sintió que había llegado su final.
Hasta que el abogado de Rodrigo, Bruno, recordó algo muy simple:
—¿Por qué no revisamos las cámaras de seguridad?
En la pantalla del despacho, todos vieron lo mismo: el pasillo del área de servicio, la puerta del cuarto de Valeria… y a Patricia entrando con llave cuando nadie miraba, saliendo cuatro minutos después con el bolso más ligero.
Patricia intentó justificarlo. Perdió el control. Gritó. Confesó sin querer sus celos, su odio, su desprecio por Matías.
Rodrigo le entregó su sentencia:
—Nuestro compromiso termina aquí. Lárgate de mi casa.
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