El timbre de la mansión sonó como un disparo.
Sebastián llegó elegante, perfumado, sonriendo, como si viniera a recoger un pedido y no a la mujer que estuvo a punto de matar a base de miedo.
—Señor Santillán —dijo, extendiendo la mano—. Vengo por mi prometida.
—Valeria no es su prometida —respondió Rodrigo sin aceptar el saludo—. Y tampoco es su propiedad.
Sebastián habló de contratos entre familias, de acuerdos, de “tu padre está enfermo y pregunta por ti”. Jugó la carta de la culpa sabiendo exactamente dónde pegar.
Pero esta vez, Valeria no estaba sola. Había guardias en la puerta, cámaras grabando, un abogado con todo listo y un hombre que, sin darse cuenta, ya la había puesto dentro de su corazón.
—Si vuelve a acercarse a ella —dijo Rodrigo, con la voz baja y peligrosa—, voy a hundirlo con la verdad. Y créame, señor Ugarte, el dinero ya no le alcanza para tapar todas sus víctimas.
Sebastián se fue, pero no sin dejar una última daga:
—Cuando tu padre muera sin verte, será por tu culpa.
Esas palabras le atravesaron el pecho a Valeria. Rodrigo lo sabía. Por eso, cuando Bruno llegó unos días después con una noticia, supo que no podía darle más vueltas:
—Encontramos a tu padre. Está vivo.
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