El día antes de la boda, me enteré de que nuestro apartamento estaba registrado a nombre de su hermana y cancelé la celebración.

"Así que, por ahora, estoy sola", se encogió de hombros. "Un hogar no hace una familia. Pero una familia siempre siente: este es nuestro hogar. Y ningún papeleo puede destruir eso".

Seis meses después, Marina estaba sentada en el amplio alféizar de su nuevo apartamento, tomando té y contemplando el parque al atardecer. Su madre ayudaba con las reformas, y Alexander con la elección de los materiales. Un caballete sin embalar estaba en un rincón, un regalo suyo "para futuros cuadros".

Un marco colgaba de la pared, sin fotografías. "Para quienes vivirán aquí conmigo", escribió Marina en el reverso.

Recordó aquella noche en el restaurante, la copa de champán y las palabras: «Registré el apartamento a nombre de mi hermana». Ahora, esa escena parecía un episodio lejano en la vida de otra persona.

Epílogo. De lo que no me arrepiento
A veces, al pasar por el registro civil camino del trabajo, Marina no podía evitar mirar a las parejas elegantemente vestidas que salían a las escaleras gritando: «¡Qué amargo!». En esos momentos, le dolía un poco el corazón: después de todo, ella también podría haber tenido ese mismo día radiante, con fotos y brindis.

Pero en cuanto recordó las condiciones en las que le habían ofrecido esta celebración, el dolor dio paso a la calma.

Se dio cuenta de que no lamentaba ni la boda cancelada ni el dinero perdido en el restaurante. Todo esto se había convertido en el precio a pagar por lo que más importaba: el derecho a ser dueña de su propia vida y de su propio hogar.

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