Igor palideció.
"Marina, ¿estás loca? ¿Cómo puedes siquiera imaginar todo esto?" Invitados, un restaurante, padres...
"Ya eres un hombre adulto, Igor", dijo, volviéndose hacia él. "Puedes con ello. Sabes cómo tomar decisiones por los demás."
Y sin mirar atrás, Marina se dirigió a la carretera para tomar un taxi. Igor dio un paso detrás de ella, pero Irina lo agarró de la manga.
"No corras tras ella", susurró su hermana. "Pasará. Llamará por la mañana".
Marina oyó esto, aunque creían que no podía oírla. Y por fin lo entendió: allí, detrás de ella, había desconocidos.
Etapa 2. Una noche sin boda
Marina se encontró en su habitación alquilada casi automáticamente: un taxi, la entrada, el viejo ascensor, el familiar chirrido de la cerradura. Había alquilado esta habitación antes de mudarse con Igor, y los dueños aún no habían encontrado nuevos inquilinos. Las llaves de la habitación estaban en el fondo de su bolso; por alguna razón, no las había entregado de inmediato, "por si acaso".
"Aquí está", pensó Marina al entrar.
La habitación la recibió con un silencio polvoriento y el olor a papel pintado viejo. Una tetera olvidada yacía en el suelo, un cactus marchito en el alféizar. Encendió la luz y, por primera vez esa noche, rompió a llorar.
Lloró largo y tendido, hasta que le dolió la garganta. No por el apartamento, sino por cómo todo el año pasado había sido reemplazado por una decoración. Recordó cómo Igor le había asegurado que «ahora somos un equipo», cómo habían hablado de planes para el futuro, y se dio cuenta de que durante todo este tiempo, en el fondo, él la había mantenido a distancia.
A medianoche, su teléfono estaba inundado de llamadas y mensajes. Igor había llamado diez veces. Irina. Sus amigas de la despedida de soltera. Su madre. Marina puso el teléfono en silencio, puso «no molestar» y se tumbó en el viejo sofá, flexionando las piernas.
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