Cumplí veinte años una cálida tarde de sábado.
Mi abuelo, Richard Coleman, organizó una pequeña fiesta de cumpleaños en su casa; nada extravagante, solo familia. Mi madre, Helen, llegó con su nuevo esposo, Mark Turner. Se había casado con él apenas seis meses después de divorciarse de mi padre. Había aprendido a tolerar la presencia de Mark, aunque su sonrisa refinada siempre me revolvía el estómago.
Después de cenar, el abuelo se levantó, golpeó su vaso y anunció que tenía un regalo especial para mí. La sala se quedó en silencio cuando me entregó una carpeta azul.
Dentro había documentos legales.
Me quedé sin aliento.
Mostraban la transferencia completa de propiedad de Coleman Industries, su empresa manufacturera de 250 millones de dólares, a mi nombre.
"Abuelo... ¿es esto real?", susurré.
Me apretó la mano suavemente. "Siempre has sido responsable, Emily. Esta empresa estará más segura contigo que con cualquier otra persona".
Antes de que pudiera procesar lo que sostenía, mi madre se puso de pie de golpe. Su expresión cambió rápidamente: sorpresa, cálculo, luego una sonrisa forzada.
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