“El día de Navidad, trajo a su amante embarazada a casa, pero mi sonrisa silenciosa escondió una verdad que lo destruiría.

—“¿Trajiste a tu amante aquí? ¿En Navidad?”

Fue lo único que pude decir antes de que todo dentro de mí se volviera silencio.

La mañana navideña en Sevilla debería haber sido cálida—luz dorada entrando por las cortinas, olor a canela del mercado, niños riendo en el patio. En cambio, mi esposo, Daniel Herrera, entró al piso con otra mujer a su lado. Se llamaba Clara Rivas, y su mano reposaba sobre su vientre claramente embarazado, como si presentara un milagro.

“Alicia,” dijo Daniel, con una lástima falsa que me revolvió el estómago, “Clara me dará el hijo que tú nunca pudiste.”

La frase me atravesó, pero no como él esperaba. Cuatro años creyendo que yo era el problema—tratamientos hormonales, inyecciones, citas interminables en el Hospital Virgen del Rocío. Lloré en baños, oculté mi dolor bajo el agua, soñando con que un día él sentiría orgullo de mí.

Pero en ese instante—en Navidad, con su amante en mi salón—algo en mí no se rompió.

Cambió.

No lloré.

Me reí. Una carcajada seca que hizo que ambos retrocedieran.

Daniel se tensó. “¿Qué demonios te pasa?”

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