Y puedes empezar a limpiar la casa después de que se vayan. Ah, y no olvides darle de comer a los perros. Asentí manteniendo la expresión neutral. Julieta se acercó bajando la voz para que solo yo escuchara. Deberías estar agradecida de que te permita quedarte aquí. Muchas suegras no tienen esa suerte. Cuando todos se fueron, permanecí sola en aquella cocina que hasta hacía pocos días era el corazón de mi casa. Limpié la mesa, lavé los platos y organicé todo meticulosamente.
Cada movimiento era ejecutado con una calma calculada, como si solo estuviera mirándome a mí misma desde fuera. Mientras barría el piso de la sala, mis ojos se posaron en la fotografía que aún ocupaba un lugar destacado en el estante. Armando y yo, abrazados frente al mar el día que compramos nuestra casa de playa en Puerto Vallarta, una propiedad que Julieta desconocía por completo. En ese momento decidí que necesitaba actuar con inteligencia, esperar el momento justo, observar cada movimiento, cada hábito, cada debilidad.
y principalmente entender lo que estaba sucediendo realmente en aquella casa. Durante la semana siguiente me adapté a la nueva rutina. Me levantaba antes que todos. Preparaba el desayuno, limpiaba la casa, lavaba y planchaba la ropa. Julieta no perdía la oportunidad de humillarme con pequeños comentarios u órdenes innecesarias. Elena, olvidaste limpiar debajo del sofá. Qué descuido. Este plato todavía tiene una mancha. ¿Estás perdiendo la vista? Miguel, por su parte, parecía cada vez más distante. Llegaba tarde del trabajo, siempre con un semblante preocupado.
Intenté hablar con él varias veces, pero siempre desviaba el tema o alegaba estar ocupado. Fue en una de esas noches, cuando todos ya se habían recogido, que decidí investigar el despacho de Armando. El lugar estaba exactamente como él lo había dejado. los libros alineados en el estante, el viejo sillón de cuero donde pasaba horas leyendo, el escritorio de roble macizo que compramos juntos en nuestro décimo aniversario de bodas. Con cuidado abría el cajón del escritorio donde Armando guardaba documentos importantes.
Estaba vacío. Todas las carpetas, contratos y papeles habían desaparecido. Sentí un escalofrío en la espalda. Alguien había registrado todo. Continué mi búsqueda silenciosa. En el fondo del estante, detrás de una hilera de libros, encontré lo que buscaba. La pequeña caja fuerte que Armando instaló hace años, conocida solo por nosotros dos. Usando la llave que guardaba en el medallón, la abrí con manos temblorosas. Dentro encontré los documentos originales de todas nuestras propiedades, incluyendo la casa de playa. Además del testamento que Armando había hecho, dejándome como única beneficiaria.
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