Su visión se nubló, sus dedos se aferraron al borde de la mesa. Sintió que la habitación giraba, no violentamente, sino lentamente, como si el suelo se inclinara, y no podía encontrar el equilibrio. Un ruido suave cerca de la ventana la hizo girar la cabeza.
La señora Thompson, su vecina anciana, se había detenido afuera con el correo. No intentaba espiar, pero sus ojos preocupados se dirigieron hacia la casa, observando a Elise a través de las finas cortinas. Vio a Elise abrazando los papeles contra su pecho, con los labios entreabiertos por la sorpresa. La señora Thompson había sentido que algo andaba mal en esa casa durante meses.
Había visto la sonrisa cada vez más apagada de Elise, los regresos nocturnos de Daniel, el tono cortante de Margaret. No podía escuchar nada ahora, pero reconoció la expresión en el rostro de Elise: una mujer dándose cuenta de que estaba sola, una mujer que comprendía que había sido traicionada. Las piernas de Elise flaquearon. Se sentó lentamente, sosteniendo la carpeta contra su pecho como si se protegiera de la verdad que contenía.
Su mente divagó, no hacia la venganza, todavía no, sino hacia su infancia. La voz de su padre volvió como un susurro que viajaba a través del tiempo: “Si alguien intenta destruirte, recuerda que nunca estás realmente sola. Dejé salvaguardas, incluso si le das la espalda a mi mundo”. Su padre había sabido cosas, había sentido el mundo mejor de lo que ella alguna vez podría.
Y de repente Elise se preguntó:
—¿Será este el momento del que me advirtió?
Otra contracción la golpeó, más fuerte esta vez. Cerró los ojos, respirando profundamente. Los bebés estaban por llegar. Demasiado pronto. Miró nuevamente la carpeta, las iniciales de Daniel, la letra de Clara, la aprobación de Margaret, y algo dentro de su corazón se quebró.
Todavía no sentía enojo, solo sorpresa, confusión y miedo. Pero el miedo tiene la capacidad de transformarse en otra cosa, algo más agudo. Se secó la cara y cerró la carpeta silenciosamente. Sabía que Daniel todavía estaba en la ducha. No sabía que ella había visto nada. Todavía no. Y la casa, ya silenciosa, se volvió más fría. Afuera, una sombra se movió por el porche: Daniel regresaba hacia el comedor por la carpeta que había olvidado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
