Otro calambre la golpeó, arrancándole un grito desesperado de los labios. Su voz resonó por el pasillo. Daniel Hayes, su esposo, salió corriendo, no con preocupación, sino con irritación. Acababa de apagar la ducha, con la intención de tomar la carpeta y esconderla en su coche. “¿Qué pasa ahora?” gruñó, goteando agua sobre el suelo.
Antes de que Elise pudiera responder, una voz aguda cortó el aire. Margaret Hayes, la madre de Daniel, irrumpió en la habitación. Su rostro estaba torcido por la irritación en lugar de la preocupación. “Oh, no me digas que vas a entrar en trabajo de parto ahora,” siseó Margaret. “¿Planeaste esto? ¿Planeaste esto para atrapar a mi hijo?” Elise jadeó, agarrando el sofá con una mano y su vientre con la otra. “Necesito ayuda. Por favor… llama a una ambulancia.”
Margaret retrocedió como si un parto fuera algo sucio. “Los doctores cuestan dinero. Puedes dar a luz aquí. Las mujeres lo hacían en casa todo el tiempo antes de que empezaras a quejarte,” gritó. Daniel no se acercó a su esposa. No pidió ayuda. Ni siquiera parecía alarmado. Sus ojos buscaban la carpeta. Y entonces, algo apareció.
La puerta principal se abrió. Clara Voss, la amante de Daniel, entró. Vestido ajustado, maquillaje perfecto, con una sonrisa burlona en las comisuras de sus labios. Ya no escondía su presencia. Margaret le había dado una llave de repuesto días atrás, para planear. “Llegas temprano,” dijo Clara a Daniel, ignorando el dolor de Elise. “No esperábamos este desastre todavía.”
Elise la miró, respirando con dificultad. Finalmente vio la verdad. Completa, dolorosa, innegable. Clara se acercó a Daniel, rozando sus dedos por su brazo. “Por eso deberías haberlo terminado antes,” susurró, sin siquiera bajar la voz. El corazón de Elise se rompió. Su cuerpo temblaba, no solo por el dolor del parto, sino por la traición tan aguda que le robaba el aire.
Daniel se acercó a Elise, no para consolarla, sino para gritar: “Tienes que irte. Ya terminé contigo.” Su voz la golpeó más que las contracciones. Elise retrocedió por la fuerza de sus palabras. Sus aguas se rompieron, salpicando el suelo. Margaret resopló, no con empatía, sino con enojo. “Ahora mira lo que has hecho. Asqueroso. Estás arruinando el piso.”
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