—Elise siempre está en casa. Ese es su problema. No tiene vida fuera de esos bebés.
Daniel no defendió a su esposa. Ni siquiera dudó. Clara inclinó la cabeza.
—Te está frenando, Daniel. Siempre lo ha hecho.
Las palabras lo golpearon tal como ella quería: como una verdad disfrazada de preocupación. La intensidad se suavizó en una tensión silenciosa mientras Daniel miraba a través del parabrisas, respirando lentamente.
Estaba cansado de la quietud de Elise, cansado de su falta de entusiasmo, cansado de su embarazo pesado y de sus constantes necesidades. No expresó estos pensamientos en voz alta. Clara ya los conocía. Se había asegurado de ello durante llamadas nocturnas, almuerzos privados y preguntas cuidadosas que lo hacían sentir comprendido. Se inclinó más cerca, rozando su hombro con la mano.
—Escucha, quieres un futuro real, ¿verdad? Algo mejor que facturas, bebés llorando y una mujer que no puede seguirte el ritmo.
Daniel tragó saliva. No respondió, pero el silencio fue suficiente.
De repente, una sombra se movió detrás de los arbustos al otro lado del terreno. Dos figuras se encontraban parcialmente ocultas: Margaret Hayes, la madre de Daniel, y Noah Hayes, su hermano menor. Lo habían seguido desde la casa, en silencio, intencionalmente. Margaret había sospechado durante mucho tiempo del affair. Solo quería pruebas. Ahora las tenía. Margaret, estricta y crítica, observaba con una expresión que no era de shock, sino de aprobación. Noah cruzó los brazos, asintiendo como si todo finalmente tuviera sentido. No estaban allí para detener a Daniel; estaban allí para apoyar su traición.
Dentro del auto, Clara abrió su bolso y sacó una carpeta delgada color beige, sellada con un pequeño clip.
—Aquí —susurró, entregándosela con cuidado.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Su voz se volvió fría.
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