El Hijo del Empresario Más Poderoso de Monterrey Vivía Atrapado en un Secreto Inimaginable: Ocho Años de Dolor Silencioso Que Nadie Quiso Ver… Hasta Que una Empleada Doméstica Arriesgó Todo y Encendió el Grito de Esperanza Que Conmovió a Todo México.-kimthuy

El lugar donde trabajaba no era una casa, sino un monumento a la opulencia. Una hacienda moderna que se extendía sobre hectáreas del terreno más codiciado de Monterrey, Nuevo León. Columnas de cantera, ventanales que reflejaban el sol inclemente del norte de México y jardines tan perfectos que parecían desafiar a la naturaleza misma. Era la residencia de Don Alejandro de la Vega, un hombre cuyo nombre era sinónimo de fortuna, influencia y, tristemente, tragedia silenciosa.

 

Pero por dentro, a pesar del lujo que gritaba en cada candelabro y cada pieza de arte, había un silencio. No era el silencio tranquilo y placentero que uno busca al final de un día. Este silencio era denso, pesado, como un manto de terciopelo negro que sofocaba el aire. Era el silencio de Mateo.

Mateo de la Vega era el heredero, el único hijo de Don Alejandro, de apenas ocho años, y era sordo de nacimiento.

Durante las horas en que yo pulía la caoba o cambiaba las sábanas de seda, a menudo lo encontraba en los rincones más silenciosos de esa inmensa jaula de oro. Un niño con ojos tristes y profundos, que siempre llevaba una mano instintivamente cerca de su pequeña oreja.

El contraste entre la vida de Mateo y la mía era abismal, casi cómico. Don Alejandro había gastado fortunas que podrían haber alimentado a un pueblo entero. Había volado con Mateo a las clínicas más prestigiosas del mundo: Ginebra, Boston, Tokio. Los especialistas más renombrados, aquellos que cobraban miles de dólares por una sola hora de consulta, habían pasado meses realizando pruebas, resonancias y procedimientos de última generación.

Todos, sin excepción, habían llegado a la misma conclusión helada: Irreversible.

“Mateo no puede oír. No hay nada que hacer. Acéptelo.”

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