Pero Don Alejandro no podía aceptarlo. Yo lo veía en la forma en que su espalda se curvaba un poco más cada vez que regresaba de un viaje médico. Su esposa, la madre de Mateo, había fallecido al dar a luz al niño. Mateo era lo único que le quedaba de su vida pasada, su única conexión con el amor. Verlo condenado a ese mundo mudo, invisible para él, era su tormento personal, un infierno pavimentado con millones de pesos gastados en vano. Él seguía buscando, seguía gastando, seguía suplicándole a Dios una respuesta, un milagro.
Yo, Isabel, de veintisiete años, sin estudios universitarios, sin credenciales más allá de una honestidad a prueba de balas y manos trabajadoras, era la respuesta que él no esperaba, ni de lejos.
Los ricos están acostumbrados a la complejidad. Buscan la solución en el último avance tecnológico, en la cirugía robótica, en la medicina molecular. Olvidan que a veces, la verdad es abrumadoramente simple, que el problema se esconde a plena vista, esperando ser visto no por ojos entrenados en la ciencia, sino por ojos entrenados en el detalle, en la observación silenciosa. Los ojos de una empleada doméstica.
Mi turno con Mateo era sagrado para mí. A diferencia de las niñeras de turno, yo era la que lo ayudaba a acomodarse por la noche. Me limitaba a doblar su ropa, revisar que sus medicinas estuvieran a mano y asegurarme de que la luz nocturna estuviera encendida. No hablábamos, por razones obvias, pero compartíamos una calma que no existía en el resto de la casa. Yo le sonreía, él me devolvía una media sonrisa.
Fue durante una de esas noches, mientras él se inclinaba para tomar un vaso de agua, que lo noté.
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