La luz de la lámpara de noche, suavemente dirigida, cayó en un ángulo peculiar sobre el contorno de su pequeña oreja derecha. El pabellón estaba limpio, como siempre, pero al fondo, en el canal auditivo, allí donde los sofisticados endoscopios debieron haber mirado miles de veces, se veía una sombra. No era cerumen normal. Era algo oscuro. Demasiado oscuro. Algo que parecía tener un borde definido.
Los especialistas se enfocaron en el tímpano, el nervio auditivo, la cóclea. Estaban buscando fallas internas, daños genéticos o neuronales. Nadie se había detenido a mirar una obstrucción rudimentaria. Era como si hubieran gastado un millón de pesos para revisar el motor de un coche que simplemente se había quedado sin gasolina.
La visión me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. ¿Podría ser? ¿Podría ser que todo este infierno de ocho años, los millones, la desesperación del padre, el silencio del niño… se debiera a algo tan trivial como un objeto extraño atascado?
Esa noche no dormí. Me senté en mi pequeña habitación de servicio, en el ala trasera, donde el lujo no llegaba, y sentí el peso de la decisión que se cernía sobre mí. Si me equivocaba, si tocaba a Mateo y lo lastimaba, o si simplemente lo asustaba, Don Alejandro no dudaría en llamar a la policía. Yo no era nadie. No tenía un título que respaldara mi intuición. Era una empleada entrometida actuando sin permiso sobre el único heredero de la familia más poderosa de la región. Arriesgaba mi trabajo, mi libertad y, peor aún, la capacidad de cuidar a mi abuela.
Pero luego miraba la foto de Mateo en la mesa de la sala, con esa media sonrisa melancólica, y el miedo se convertía en una oleada ardiente de indignación y de pura necesidad. No podía. No debía quedarme callada. El niño estaba sufriendo por la ceguera de otros.
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