El destino me dio una ventana de oportunidad. Don Alejandro tenía un viaje de negocios a la Ciudad de México por tres días. El personal de seguridad era estricto, pero yo conocía los turnos y los hábitos de todos. La niñera de noche, una joven inexperta, solía dormirse después de medianoche.
La noche del segundo día, esperé. El silencio de la casa era mi cómplice. El tic-tac del gran reloj de pared en el vestíbulo se sentía como el tamborileo de mi propio corazón. A las 2:00 a.m., con el estómago anudado, me puse un par de guantes de látex nuevos que guardaba para la limpieza más delicada.
Mi única herramienta era un par de pinzas de depilar largas y finas que había desinfectado con alcohol quirúrgico. Era rudimentario, peligroso, estúpido incluso, comparado con el equipo de los mejores médicos del mundo. Pero era mi única oportunidad.
Entré en la habitación de Mateo. Estaba profundamente dormido. El ambiente era fresco, la luz tenue. Me acerqué a la cama, mi respiración superficial y rápida. Me arrodillé.
“Mateo,” susurré, aunque sabía que no me oiría. Lo toqué suavemente en el hombro. Él se agitó un poco, su mano yendo, como siempre, a su oreja. “Soy Isabel. Necesito que te quedes quieto un segundo. Por favor, mi niño.”
Me concentré. El objeto estaba allí, a la vista, pero tan profundamente incrustado que parecía una parte de él. Me tomó tres intentos fallidos, el terror paralizándome los dedos, haciendo que las pinzas temblaran como hojas. En el tercer intento, fui más allá del miedo. Cerré los ojos por un instante, recé a la Virgen de Guadalupe y reabrí los ojos, enfocándome solo en el borde oscuro.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
