Nadie puede hacerlo mejor que tú. María dudó. No sé. No tengo estudios especiales. Puedes estudiar, dijo Alejandro. Pero ya tienes algo que ningún título enseña, bondad y el deseo de ayudar. Eso vale más que cualquier diploma. María miró al Padre y al Hijo. Los dos la observaban con esperanza y gratitud. “Está bien”, dijo en voz baja. “Acepto, pero con una condición. Quiero trabajar de verdad, ganarme mi lugar. Nada de privilegios hecho.” Respondió Alejandro con una sonrisa cálida.
Desde ese día todo cambió. María se mudó a un pequeño departamento que la Fundación María Molina rentaba para el personal y empezó a trabajar como coordinadora de programas de ayuda infantil. Estudió psicología por las tardes para comprender mejor a las personas que apoyaba. Elías y María se volvieron inseparables. Trabajaban juntos, hablaban de los niños de la fundación, caminaban por las tardes, conversaban de todo. Había un lazo especial entre ellos, el tipo de lazo que se forma entre dos personas que alguna vez se salvaron mutuamente.
Porque María no solo devolvió la vista a Elías, también le devolvió la fe en los milagros, en la bondad, en la idea de que existen personas que ayudan sin esperar nada a cambio. Y Elías le dio a María algo que nunca había tenido, familia, hogar, un lugar al que pertenecer. Pasaron dos años. María terminó sus cursos de psicología y se volvió indispensable en la fundación. Los niños se sentían atraídos por ella, percibían su sinceridad y su calidez.
Elías obtuvo su título de médico y empezó a trabajar en la clínica de la fundación. Cada vez pasaban más tiempo juntos. Elías notaba como su corazón aceleraba cuando ella entraba en la sala. como pensaba en ella incluso en medio del trabajo, como su sonrisa iluminaba todo su día. Una tarde caminaban por el malecón. Era una noche cálida de verano y el sol pintaba el cielo de tonos rosados y dorados. “¿Sabes?”, dijo Elías con suavidad, deteniéndose. Recordé tus ojos durante 10 años.
Recordé tu voz. Recordé el momento en que dijiste, “Confía en mí.” Y confié. Y no me fallaste. María se volvió hacia él. Solo hice lo que tenía que hacer. No, negó él con la cabeza. Hiciste mucho más. Cambiaste mi vida. No solo aquel día en la plaza central. Ahora cada día. Tomó sus manos entre las suyas. María, yo no sé cómo decir esto bien, pero en estos dos años entendí algo. Eres la persona más importante de mi vida.
No solo me devolviste la vista, me enseñaste a ver de verdad, a ver la belleza en las cosas simples, a ver a las personas como son. A verte a ti. María se quedó inmóvil con los ojos muy abiertos. Elías, estoy enamorado de ti, susurró él. Tal vez estoy enamorado desde el día en que te sentaste a mi lado en aquella banca, solo que entonces no lo entendía. Pero ahora sí, y ya no puedo guardarlo. María guardó silencio con lágrimas brillando en sus ojos.
“¿Sabes que somos de mundos diferentes, verdad?”, murmuró. Tú eres hijo de un millonario, un doctor con un futuro brillante. Y yo soy una chica del hogar infantil San Miguel que que hizo un milagro. La interrumpió Elías. La persona más buena y más fuerte que conozco. La que ayuda a otros todos los días y mejora el mundo. La atrajó hacia él. No me importa de qué mundo vengas. Quiero que estés en el mío siempre. Pero no hay Pero dijo él con dulzura, apoyando sus labios en la frente de ella.
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