El HIJO del MILLONARIO era CIEGO… hasta que una NIÑA sacó de sus ojos algo que nadie podía imaginar…

Papá, escúchame. Yo yo veo luz, veo formas. Te veo. La plaza central quedó en silencio. Los vendedores dejaron de llamar a los clientes. La gente se detuvo. Una mujer cercana se tapó la boca con la mano. Un anciano que vendía periódicos se quitó los lentes y los limpió como si no creyera lo que veía. Alejandro miró a su hijo sin poder hablar. Su respiración se aceleró. Sus manos temblaban. “¿Qué? ¿Qué dijiste?”, susurró. “¿Puedo ver, papá?”, repitió Elías con lágrimas corriendo por su rostro.

Veo la luz, veo a la gente, veo tu cara. Está borrosa, pero la veo. Alejandro cayó de rodillas frente a su hijo y le tomó el rostro entre las manos. Miró los ojos de Elías y vio que habían cambiado. La neblina había desaparecido. Las pupilas se movían, reaccionaban a la luz. Era imposible, contradictorio con todo lo que los doctores habían dicho, y, sin embargo, estaba pasando justo ahí. ¿Cómo? ¿Cómo hiciste esto?, preguntó Alejandro girándose hacia María. Ella estaba a unos pasos con los extraños velos aún en las manos.

La gente empezaba a rodearla. Murmuraban, apuntaban. Algunos sacaban sus teléfonos para grabar. “Esto es brujería”, susurró una mujer. “O es un milagro”, respondió otra persona. ¿Quién eres?, preguntó Alejandro poniéndose de pie. “¿Cómo sabías que esto iba a funcionar?” María lo miró con esos ojos oscuros, demasiado maduros para su edad. No lo sabía dijo en voz suave. Lo creí. A veces eso basta. Lo creíste. Alejandro negó con la cabeza. ¿Sabes que los doctores dijeron que su caso no tenía remedio?

Viajamos medio país buscando tratamiento y tú simplemente llegaste y no pudo terminar. Su mente lógica se negaba a aceptar lo que había visto, pero los ojos de su hijo eran una prueba irrefutable de que había ocurrido un milagro. “Tenemos que ir al hospital de inmediato”, dijo al fin. “Los doctores deben ver esto.” Elías, ponte los lentes. “Nos vamos, pero papá,” empezó el niño. “María, nos vamos!”, repitió Alejandro con dureza. Su voz no tenía gratitud, solo miedo. Miedo a algo que no podía entender.

Miedo a que su mundo, hecho de lógica y dinero, se estuviera rompiendo. Tomó a Elías de la mano y lo llevó hacia el coche negro estacionado cerca. El niño volteaba tratando de ver a María entre la gente, pero su padre seguía jalándolo sin permitirle detenerse. “Espera”, gritó María detrás de ellos. “¡lllévese esto!”, extendió los velos, pero Alejandro ni siquiera miró hacia atrás. La gente se abrió para que padre e hijo pasaran y en segundos desaparecieron dentro del coche.

El motor encendió y el vehículo se alejó. María quedó en medio de la plaza central mirando cómo se iban. El viento despeinó su cabello y las dos películas delgadas temblaron en su mano como alas de mariposa. Un par de personas se acercaron. “Niña, ¿cómo hiciste eso?”, preguntó con dulzura una anciana. María la miró y sonrió con suavidad. Solo quité lo que no lo dejaba ver. Pero, ¿qué era?”, insistió la mujer. “No lo sé”, admitió María. “Lo vi cuando miré sus ojos y supe que tenía que sacarlo.” La gente empezó a dispersarse, volviendo a sus rutinas, murmurando sobre lo que habían presenciado.

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