Algunos decían que era un truco, otros juraban que habían visto un milagro. Y María se alejó despacio de la plaza central, aferrando los velos que aún brillaban tenuemente en su mano. “Pero le prometimos contarle algo importante y aquí está. Lo que los doctores descubrirían en el hospital y lo que le dirían a Alejandro lo obligaría a replantear todo lo que había creído hasta ese día y la decisión que tomaría después cambiaría no solo su vida, sino la de muchos más.
Pero vamos paso a paso. En el coche, Elías pegó el rostro a la ventana, absorbiendo cada imagen, cada destello de luz. “Papá, mira”, exclamó. “Veo los edificios. Son enormes y los árboles los árboles son verdes, ¿verdad? Adiviné bien. Alejandro apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No podía hablar. Tenía la garganta cerrada y la mente hecha un nudo. Su hijo podía ver. Su hijo, ciego desde siempre, ahora veía. ¿Pero cómo? ¿Y quién era esa niña?
¿Y si era temporal? ¿Y si en una hora todo volvía a ser como antes? Papá, ¿me estás escuchando?, preguntó Elías tirando de su manga. Dime, ¿esto no es un sueño, verdad? No, hijo”, respondió Alejandro con la voz ronca. “No es un sueño. Vamos al hospital. Los doctores revisarán todo.” El hospital los recibió con pasillos familiares y el olor fuerte del desinfectante. Alejandro prácticamente corrió hacia admisión, exigiendo que atendieran a su hijo de inmediato. La enfermera empezó a hablarle de la fila y de las citas, pero en cuanto vio el rostro de Alejandro y lo reconoció, levantó el teléfono sin dudar.
20 minutos después estaban sentados en el consultorio del Dr. Víctor Salomón, uno de los mejores oftalmólogos del país. Él había examinado a Elías 6 meses antes y había dado el veredicto final sin esperanza. “Señor Molina, no entiendo por qué vuelve a traer al niño”, empezó el doctor mientras se ponía la bata. “Ya habíamos hablado de que solo revíselo.” Lo interrumpió Alejandro, “Por favor, ahora mismo.” El doctor frunció el ceño, pero asintió. sentó a Elías en la silla, encendió el oftalmoscopio y comenzó el examen.
Pasó un minuto, luego otro. El Dr. Salomón no dijo nada, pero sus cejas empezaron a levantarse poco a poco. Apagó y encendió el aparato. Revisó los ajustes. “Esto es imposible”, murmuró. “¿Qué es imposible?” Alejandro se puso de pie de inmediato. El doctor se giró hacia él despacio. Sus córneas están claras. Sus pupilas reaccionan a la luz. La retina, señr Molina, no veo ninguna patología. ¿Cómo que ninguna? Alejandro dio un paso hacia él. Hace 6 meses usted dijo que tenía degeneración retiniana congénita y opacidad corneal.
Recuerdo lo que dije, respondió el Dr. Salomón, quitándose los lentes para limpiarlos con manos temblorosas. Pero ahora veo unos ojos sanos. Muchacho, dime, ¿qué ves a usted? Respondió Elías con una sonrisa. Veo su bata blanca, los lentes en su nariz y que tiene ojos amables. El doctor se quedó inmóvil, luego salió del consultorio de golpe. Un minuto después volvió con dos médicos más. Comenzó otro examen más profundo con distintos aparatos. Los doctores hablaban en susurros, negaban con la cabeza, revisaban los resultados una y otra vez.
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