El HIJO del MILLONARIO era CIEGO… hasta que una NIÑA sacó de sus ojos algo que nadie podía imaginar…

Finalmente, el doctor de mayor edad, un hombre cansado y de cabello gris, miró a Alejandro. No podemos explicar esto. Médicamente hablando, lo que le pasó a su hijo es imposible. Las condiciones que vimos hace 6 meses no podían desaparecer por sí solas. Entonces estaban equivocados, susurró Alejandro, aunque sin convicción. No estábamos equivocados, respondió el Dr. Salomón con firmeza. Tenemos estudios, escaneos, todo. La patología era real y grave, y ahora no está. Esto buscó las palabras. Esto solo puede llamarse un milagro.

Alejandro se tambaleó y tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla. Un milagro. La palabra sonaba absurda en su mundo, donde el dinero, la influencia y la tecnología resolvían cualquier problema. Estaba acostumbrado a comprar soluciones, contratar a los mejores, mantener el control, pero ahora enfrentaba algo que no encajaba en ninguna de sus reglas. “¿Puede decirme qué le pasó?”, preguntó tratando de mantener la calma. Un médico joven que no había hablado hasta entonces carraspeó con nerviosismo. El niño dice que una niña le retiró unas películas delgadas de los ojos.

Podría ser algún tipo de membrana congénita que no detectamos con nuestro equipo. Pero, ¿pero qué? Alejandro se tensó. Pero no existen membranas que puedan retirarse a mano, terminó el médico. Hemos estudiado oftalmología durante años. Ninguno de nosotros ha visto algo parecido. El Dr. Salomón soltó un suspiro pesado. Señor Molina, soy ateo. Toda mi vida he creído solo en la ciencia, pero hoy no puedo darle una explicación científica. Su hijo está sano y realmente me alegra. Pero, ¿cómo sucedió?

No lo sé. Cuando salieron del hospital, ya había empezado a oscurecer. Elías seguía maravillado, observando todo a su alrededor, las luces de la calle encendiéndose una por una, los aparadores iluminados, las siluetas de la gente pasando. Alejandro permanecía en silencio, perdido en sus pensamientos. “Papá”, dijo Elías en voz baja mientras subían al coche. “¿Crees que Dios hizo esto?” Alejandro no respondió durante un buen rato. Encendió el motor, pero no avanzó. “No lo sé, hijo”, admitió al fin.

Toda mi vida he confiado solo en mí mismo, pero lo que pasó hoy se pasó la mano por el rostro. No tengo manera de explicarlo. Yo sí creo dijo Elías con firmeza. María me habló del que sana y él me ayudó a ver. María, repitió Alejandro sintiendo como algo se apretaba en su pecho. Esa niña de pronto dio la vuelta con el coche y condujo de regreso hacia la plaza central. La noche había caído por completo y las farolas iluminaban el lugar casi vacío.

Solo unas pocas personas caminaban hacia las paradas del camión y los vendedores recogían sus puestos. Alejandro bajó del coche y empezó a preguntar a todos los que veía. Vio a una niña descalza, con un vestido viejo, de cabello oscuro. Un vendedor de frutas, ya anciano, negó con la cabeza. No he visto a nadie así. Y ya es tarde. Todos se fueron. Una mujer que cerraba su tienda de flores se detuvo. Una niña descalsa. Sí, la vi esta tarde.

Siempre está aquí, sentada en esa banca. Señaló una niña extraña, como si siempre estuviera esperando a alguien. ¿Sabe dónde vive? Alejandro dio un paso más. No tengo idea. Solo viene y se va. A veces habla sola, a veces solo se sienta. Pero no la he visto desde el mediodía. Alejandro recorrió la plaza central preguntando a todos los que aún seguían ahí. Algunos habían visto a la niña por la mañana, otros al mediodía, pero nadie sabía dónde vivía ni hacia dónde había ido.

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