Me llamo María del Rosario Njera.” Alejandro se levantó de un salto de la banca. “¿Sabe algo de ella, María del Rosario Náera? sintió y se sentó junto a Elías, que aún sostenía el hilo brillante. Conocí a María, comenzó. Bueno, conocer quizá es una palabra muy fuerte. Empezó a venir por aquí hace como 3 años, pequeña, delgada, siempre descalsa. Más de una vez intenté comprarle zapatos o traerle comida, pero siempre lo rechazaba con educación. ¿Dijo alguna vez de dónde era?, preguntó Alejandro.
No solo una vez mencionó que vivía en las afueras de la ciudad, cerca del cerro, pero cuando le pregunté por sus padres, solo sonrió y dijo que alguien cuidaba de ella. La mujer hizo una pausa. Era una niña extraña. A veces se quedaba sentada en esta banca por horas observando a la gente. Una vez le pregunté qué hacía y me dijo, “Estoy esperando mi propósito. Nunca entendí qué quería decir. ¿Y ayer?”, preguntó Elías inclinándose hacia adelante. “¿La vio anoche?” “Sí”, asintió.
Después de que ustedes se fueron, se quedó un rato en la plaza central. La gente se le acercó, le hizo preguntas, pero casi no respondía. Luego vino hacia mí, sonrió y me dijo, “Mi trabajo aquí terminó.” Le pregunté qué significaba, pero solo se dio la vuelta y caminó hacia el cerro. “¿El cerro?”, repitió Alejandro. “¿Qué hay en ese cerro?” María del Rosario Nájera suspiró. Allá arriba hay un panteón antiguo y una capilla abandonada. Casi nadie va, pero vi a María caminar hacia allá varias veces.
Dicen que la capilla es un lugar tranquilo para rezar. El corazón de Alejandro empezó a latir con fuerza. “Muéstreme cómo llegar”, dijo. “Vamos a ir, papá”, preguntó Elías poniéndose de pie. “Sí, hijo, tenemos que encontrarla.” María del Rosario Nájera dibujó un mapa sencillo en una hoja, explicándole el camino hacia el cerro. Alejandro se lo agradeció y, tomando a Elías de la mano, se dirigió al coche. El camino tomó como 20 minutos. Salieron de la ciudad avanzando por brechas estrechas hasta que vieron un cerro pequeño cubierto de hierba y árboles dispersos.
En la cima había cruces viejas del panteón antiguo y una pequeña capilla blanca con la pintura desgastada subieron por el sendero. Elías se detenía a cada momento para observarlo todo. Las flores del camino, los pájaros en lo alto, las nubes con formas fantásticas. El mundo entero le parecía nuevo y cada detalle un milagro. La capilla era diminuta, con una puerta baja y ventanas estrechas. Alejandro empujó la puerta, crujió fuerte al abrirse. Adentro hacía fresco y silencio. Los rayos del sol entraban por los vidrios polvorientos, iluminando filas de bancas sencillas y un altar pequeño al fondo.
“No hay nadie”, susurró Elías. Alejandro miró alrededor. La capilla estaba vacía, pero en el alfizar de una ventana vio algo brillar. Al acercarse, encontró otro hilo delgado y transparente, igual al que Elías había encontrado antes. Lo tomó con los dedos temblorosos y miró a su hijo. “Estuvo aquí”, murmuró. Elías se acercó y se puso a su lado. En el silencio de la capilla, Alejandro sintió que algo dentro de él se quebraba. Todo su orgullo, su necesidad de controlar, su certeza de que podía comprar o resolver cualquier cosa, todo se hizo pedazos.
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