Cada etiqueta colorida, ahora deslavada, era un rostro de niño que jamás había visto. Allí, en el fondo de ese depósito olvidado, Alejandro descubría el fondo de su propio pozo moral y por primera vez no tuvo fuerzas para levantarse. El sol ya se escondía cuando Francisca, después de horas de silencio pesado en el auto, volvió a hablar. Su voz salió tranquila, pero firme como el hierro. Ahora vas a dormir en el lugar donde el silencio no es una elección.
Vas a escuchar lo que nunca quisiste oír. Alejandro, aún aturdido por la escena del galpón, ni siquiera tuvo valor para preguntar a dónde iban. Solo condujo. Cuando el vehículo se detuvo frente a un edificio antiguo con paredes descascaradas y portones de hierro gastados por el tiempo, un escalofrío le recorrió la espalda. El letrero era sencillo, casi invisible. Albergue municipal para niños sordos. La primera sensación al entrar fue de absoluto desconcierto. No había alfombras lujosas ni perfumes de esencias naturales.
Solo Olor amó, pasillos estrechos y luces débiles colgando del techo. Alejandro, acostumbrado a hoteles cinco estrellas en viajes de negocios, sintió la garganta seca. Una cuidadora los recibió con una mirada de cansancio y curiosidad. Francisca explicó en pocas palabras lo que querían. La mujer sin objetar abrió camino. Pueden quedarse, siempre hay lugar para uno más que quiera aprender. Alejandro se estremeció. El tono de ella parecía un juicio. Fue conducido a un salón amplio lleno de colchones delgados esparcidos por el suelo.
Niños de varias edades ocupaban cada espacio. Algunos jugaban en silencio, otros garabateaban en papeles y muchos solo miraban al vacío atrapados en sus propios mundos. Daniel al ver a los demás dudó. Por primera vez no era el único niño diferente. Se acercó tímidamente a un grupo que señalaba en lengua de señas y pronto se mezcló como si hubiera encontrado hermanos perdidos. El corazón de Alejandro dolió. Nunca había visto a su hijo tan a gusto. Cuando la noche cayó por completo, el albergue se transformó.
Las luces fueron apagadas, quedando solo la penumbra. El suelo duro se llenó de cuerpos pequeños cubiertos por cobijas delgadas. El silencio, sin embargo, no estaba vacío, estaba cargado. Alejandro se recostó en un rincón, el traje arrugado, la cabeza apoyada en una almohada gastada. En la oscuridad escuchó toces apagadas, soyosos rápidamente callados, respiraciones cortas y ansiosas. Cada sonido parecía gritar dentro de su mente. Se encogió cerrando fuerte los ojos, sintiéndose invadido por una culpa que ya no cabía dentro de él.
A mitad de la madrugada, abrió los ojos y observó alrededor. Vio a una niña de cabello trenzado intentando dormir mientras acariciaba una muñeca hecha de trapo rasgado. Vio a un muchacho mayor, acostado, inmóvil, los ojos abiertos, como si estuviera atrapado dentro de sí mismo. Vio a Daniel profundamente dormido, abrazado a uno de sus nuevos amigos, finalmente en paz. Y entonces comprendió aquel silencio colectivo era un grito contenido, no era ausencia de sonido, era ausencia de alguien que quisiera escuchar.
Los recuerdos comenzaron a invadirlo como olas violentas. recordó juntas donde directores advertían sobre pruebas incompletas y él los callaba diciendo que el mercado no espera. Recordó campañas publicitarias que presumían pureza y salud mientras reportes de efectos secundarios eran archivados. Y ahora allí, rodeado de niños olvidados, sentía que cada decisión suya había construido esa noche silenciosa. Las lágrimas regresaron silenciosas, corriendo por su rostro sin resistencia. Francisca, acostada en otro rincón, lo observaba sin decir palabra. No hacía falta.
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