El ambiente hablaba por ella. Alejandro finalmente entendió. No bastaba con oír sonidos. Había que escuchar el peso de lo que nunca quiso ver, lo que nunca quiso admitir. Y en esa noche dura, sobre un colchón delgado entre niños desatendidos por el mundo, el hombre más poderoso de la sala era también el más pequeño. El amanecer en el albergue llegó despacio, con la luz atravesando las rendijas de las ventanas rotas y dibujando líneas torcidas en el suelo. El aire aún olía a polvo y ropa húmeda, pero había un silencio casi irreverente entre los niños.
Alejandro despertó antes que todos los ojos rojos de tanto llorar y permaneció sentado en el colchón delgado, observando a Daniel dormir tranquilamente por primera vez en muchos años. El pecho le dolía, no solo de culpa, sino de una ternura nueva, extraña, que lo hacía sentirse vulnerable. Fue entonces cuando notó a Francisca recargada en la pared, despierta, mirándolo como quien espera el momento justo para hablar. Ella se acercó, los pies descalzos casi no hacían ruido sobre el piso gastado.
Se sentó a su lado y guardó silencio unos segundos. Alejandro intentó desviar la mirada, pero la intensidad de aquellos ojos infantiles era imposible de ignorar. ¿Crees que yo nací sabiendo todo esto? preguntó de repente. Su voz era firme, pero traía un eco de dolor que Alejandro no esperaba. Yo también fui como él, atrapada dentro de un silencio que parecía eterno. Él abrió mucho los ojos. ¿Tú también?”, murmuró como si fuera difícil de creer. Francisca asintió despacio. Cuando era más pequeña, un de esos también vivió en mi oído.
Al principio solo escuchaba ruidos extraños, como si el mundo se hubiera vuelto una pesadilla llena de chirridos. Después vino el dolor, la fiebre, no podía dormir. Mi mamá me llevaba de médico en médico, pero nadie descubría nada. Hasta que una vecina, una señora de la comunidad me ayudó. Ella misma sacó la larva con sus propias manos. Fue como volver a nacer. Alejandro la miraba atónito. Nunca imaginó que detrás de aquella niña de pies sucios y mirada inquebrantable hubiera una historia tan parecida a la de Daniel.
Francisca continuó. Después de eso me prometí a mí misma que no dejaría que otro niño pasara por lo que yo pasé. Empecé a prestar atención a las señales, a las comezones, a los llantos apagados, a las miradas perdidas. Aprendí a escuchar con los ojos. Aprendí que el silencio también habla, solo que la mayoría de la gente no quiere escucharlo. Suspiró hondo, apretando las rodillas contra el pecho. Yo no soy doctora, no soy santa, solo soy alguien que no soporta ver a otro niño ser ignorado.
¿Y sabes qué duele más? No son las larvas, es la soledad. es crecer sintiendo que nadie nota tu dolor, que eres invisible. Al oír eso, Alejandro llevó la mano al rostro. Avergonzado, sintió que cada palabra de ella escurría como ácido sobre las capas de vanidad que aún le quedaban en la piel. Entonces, Francisca posó su mano pequeña sobre la de Alejandro. El toque fue firme, casi adulto. Tú tienes poder, dinero, una empresa entera, pero nunca usaste nada de eso para escuchar de verdad.
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