El hijo del multimillonario fue declarado sordo permanente por médicos de talla mundial, pero la verdadera causa fue algo que sólo yo —su criada olvidada— descubrí dentro de su oído… y puso patas arriba el mundo de esta familia mexicana.

La madre de Luciano había fallecido al dar a luz. Destrozado por el dolor, Don Sebastián se sumió en la obsesión de "arreglar" a su hijo, sin lograr conectar con él en absoluto. El niño vivía en absoluto silencio, rodeado de juguetes de lujo intactos y niñeras que lo trataban más como un objeto decorativo invaluable que como un ser humano.

Acepté el trabajo un martes tormentoso porque no tenía otra opción: la salud de mi abuela empeoraba y los precios de los medicamentos subían.

"No mires al amo a los ojos. No hagas ruido. Y lo más importante, no molestes al niño", me advirtió la jefa de limpieza, doña Gertrudis, rígida como una vara.

Simplemente asentí.

Me asignaron limpiar el ala este, la zona donde estaba la habitación de Luciano. Era un lugar espacioso y soleado… pero extrañamente vacío.

La primera vez que lo vi, estaba sentado en el suelo armando un rompecabezas enorme, sin percatarse de mi presencia.

"Disculpe", susurré, aunque no importaba.

Limpié el polvo de los estantes mientras lo observaba discretamente. Era un niño hermoso —rizos oscuros, ojos conmovedores—, pero abrumado por la tristeza.

Y fue entonces cuando noté algo extraño.

Luciano no dejaba de tocarse la oreja derecha. No distraídamente, una y otra vez, frotándosela, tirando del lóbulo, haciendo muecas leves.

Pasaron las semanas. Me volví casi invisible en esa casa. Limpiaba en silencio. Observaba. Me preguntaba.

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