Luego giré hacia la derecha.
Luciano se puso rígido. Se le escapó un leve gemido.
“Tranquilo… tranquilo”, lo tranquilicé.
Alumbré más.
Lo que vi me dejó paralizado.
No era un tímpano herido.
No era vacío.
Algo extraño se alojaba en su interior. Algo oscuro, algo que ningún oído humano debería contener. Años de cera endurecida habían formado una gruesa capa negra a su alrededor.
Mi pulso latía con fuerza. ¿Cómo podían médicos de renombre mundial pasar por alto algo tan básico?
La respuesta era dolorosa en su simplicidad: arrogancia.
Habían buscado diagnósticos poco comunes y escáneres de vanguardia porque era hijo de un multimillonario. Nadie se había molestado en mirarlo con una simple luz.
Si se lo quitaba y le hacía daño, estaría arruinado: despedido, encarcelado, destruido. Pero el recuerdo de su pequeña mano frotando esa oreja me hizo decidirme.
Desinfecté mis pinzas, con las manos temblorosas.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
