Su expresión cambió: ira, incredulidad… vergüenza.
Ese pequeño disco de plástico le había robado ocho años. Y una mujer de la limpieza con aceite de almendras y pinzas baratas había restaurado lo que los médicos no pudieron.
La atmósfera de la mansión se transformó ese mismo día.
Los especialistas acudieron en masa, pero esta vez, Sebastián los silenció y les puso el Lego en la cara.
Confirmaron lo obvio: su tímpano estaba intacto. La "sordera" había sido puramente mecánica, una obstrucción total que todos, demasiado seguros de sí mismos como para comprobarlo, habían pasado por alto.
Esa noche, me llamó a su oficina.
"No tengo palabras para disculparme", dijo con voz ronca. "Busqué respuestas por todo el mundo, pero la única persona que vio la verdad fue a la que nunca se me ocurrió preguntar".
Me entregó un cheque con más ceros de los que jamás había visto. Suficientes para cambiar mi vida.
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