"Esto compensa lo que le diste a mi hijo. Pero quiero pedirte algo más...". Se le quebró la voz. "Por favor, no te vayas. Sé la niñera de Luciano. Necesito aprender a ser su padre, y tú... tú puedes enseñarme".
Acepté el cheque por mi abuela. Pero me quedé por Luciano.
"Me quedo", dije en voz baja. "No por el dinero. Porque él tiene mucho que escuchar, y yo tengo muchas historias que contarle". Hoy, Luciano cumple quince años. Es músico. Toca el violín como si el mundo cantara a través de él.
Cada vez que sube al escenario y veo a Don Sebastián en la primera fila secándose lágrimas de orgullo, pienso en ese Lego azul.
Y recuerdo: los milagros no siempre son brillantes y grandiosos. A veces están enterrados en el polvo, esperando a que alguien lo suficientemente humilde —y valiente— los descubra.
Nunca subestimes lo que los ojos atentos pueden ver.
Y nunca des por sentado que la riqueza tiene todas las respuestas.
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