El hijo del multimillonario sufría dolores,hasta que la niñera le quitó algo misterioso de su cabeza…

Un niño de la alta sociedad mexicana lloraba día y noche sin razón aparente. Su padre millonario contrató a una humilde enfermera de Tepito. Lo que ella descubrió en su cabeza revelaría un crimen atroz. La lluvia golpeaba los ventanales del penthouse en Polanco, mientras Sebastián Montalvo apretaba el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

Afuera, la Ciudad de México brillaba con sus luces nocturnas, pero adentro, en aquella mansión de mármol y cristal, solo reinaba la desesperación. No me importa cuánto cueste, rugió al teléfono. Necesito al mejor neurólogo de México aquí mañana a primera hora. Mi hijo lleva tres semanas llorando sin parar.” Colgó con violencia y se pasó las manos por el rostro. A sus años, Sebastián había construido un imperio en bienes raíces que valía más de 1000 millones de pesos. Pero todo ese dinero no servía de nada cuando escuchaba los soyosos interminables de Mateo.

El llanto venía del cuarto piso, agudo, desgarrador, constante, como si el niño de 6 años estuviera siendo torturado por algo invisible. Ya van 12 médicos, Sebastián”, dijo Sofía su esposa, entrando al despacho con una copa de vino tinto en la mano. Su vestido de diseñador italiano contrastaba con la frialdad de sus ojos grises. “Quizás deberías aceptar que tu hijo simplemente es débil, berrinchudo. Es tu hijo también, explotó Sebastián. O ya lo olvidaste.” Sofía dio un sorbo largo a su copa, sus labios perfectamente delineados curvándose en una mueca de desdén.

Yo no lo olvidé. Solo digo que estás gastando fortunas en médicos cuando cualquier nana decente podría controlarlo con disciplina. Disciplina, Sofía. El niño llora de dolor. He visto sus ojos. Hay algo mal, algo muy mal. En ese momento entró Emiliano, el mayordomo de 60 años que llevaba tres décadas sirviendo a la familia Montalvo. Su rostro arrugado mostraba preocupación genuina. Disculpe, señor Sebastián. La agencia de enfermería envió a otra candidata para el puesto de niñera. dice que tiene experiencia con niños especiales.

Especiales. Sebastián frunció el ceño. Mateo no es especial, Emiliano. Está enfermo. Lo sé, señor, pero quizás valga la pena entrevistarla. Las otras 17 niñeras renunciaron después del primer día. Sebastián suspiró profundamente. El llanto de Mateo se intensificó desde el piso superior, como si el niño sintiera que hablaban de él. Que pase. 5 minutos después, Valentina Reyes entraba al despacho y Sebastián no pudo evitar un gesto de sorpresa. No era lo que esperaba. La mujer tendría unos 35 años con el cabello negro recogido en una trenza gruesa, piel morena clara y manos trabajadoras.

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