El hijo del multimillonario sufría dolores,hasta que la niñera le quitó algo misterioso de su cabeza…

Vestía unos jeans limpios y una blusa blanca sencilla. En sus ojos cafés había una determinación que Sebastián reconoció de inmediato, la misma que él tenía cuando empezó su imperio desde cero. “Buenas noches”, dijo Valentina con acento del norte de la ciudad. “Soy Valentina Reyes, enfermera pediátrica. Vengo de la colonia Tepito. Sofía casi escupió su vino. Tepito, Sebastián, no puedes estar considerando contratar a alguien de ese lugar. Valentina la miró directamente a los ojos sin intimidación. Tepito me enseñó a sobrevivir, señora, y a reconocer cuando alguien está en verdadero peligro por el sonido del llanto que escucho desde que entré a esta casa, diría que su hijo está en agonía.

El comentario cayó como una bomba. Sebastián se levantó de su silla de cuero. Todos los médicos dicen que no encuentran nada malo. Neurológicamente está bien, físicamente está bien, pero llora. Dios, ¿cómo llora? ¿Puedo verlo?, preguntó Valentina. Es casi medianoche, protestó Sofía. El dolor no respeta horarios, señora, replicó Valentina. Y por lo que escucho, ese niño no ha dormido en días. Sebastián asintió sintiendo algo que no había sentido en semanas. Esperanza. Emiliano, llévala con Mateo. Subieron los cuatro pisos en un silencio tenso, interrumpido solo por el llanto que se hacía más fuerte con cada escalón.

Cuando abrieron la puerta de la habitación de Mateo, Valentina vio un cuarto del tamaño de un apartamento completo, juguetes caros esparcidos por todas partes, una cama con forma de auto de carreras, murales de superhéroes en las paredes y en medio de todo eso, un niño pequeño de 6 años, cabello castaño oscuro y ojos verdes hinchados de tanto llorar, acurrucado en posición fetal sobre una alfombra de felpa. Ay, mi niño”, murmuró Valentina y se arrodilló junto a Mateo con una suavidad que hizo que Sebastián sintiera un nudo en la garganta.

“Me duele, me duele, me duele”, sollozaba Mateo, sus manitas aferrándose a su cabeza. Valentina extendió la mano lentamente. “¿Me permites tocar tu cabecita, campeón? Te prometo que voy a ser muy suave.” Mateo la miró con ojos enormes, llenos de lágrimas, y, para sorpresa de todos, asintió. Valentina comenzó a pasar sus dedos con extremo cuidado por el cuero cabelludo del niño, palpando cada centímetro. Sebastián observaba conteniendo la respiración. De repente, Valentina se detuvo. Su rostro cambió completamente. Señor Montalvo dijo con voz controlada, pero tensa, necesito luz, mucha luz.

Y una lupa si tiene. ¿Qué? ¿Qué encontraste? Sebastián se acercó de inmediato. No quiero adelantarme. Valentina mantuvo su tono profesional. Pero hay algo aquí, algo que no debería estar. Emiliano trajo una lámpara de escritorio y una lupa de mano que usaban para revisar documentos. Valentina iluminó una zona específica del cuero cabelludo de Mateo, justo detrás de su oreja derecha. Acercó la lupa y sus ojos se abrieron con horror. “Dios mío”, susurró. “¿Qué pasa?”, exigió Sebastián. “Dime qué ves.” Valentina levantó la vista y había rabia en sus ojos.

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