No puede estar pasando. Sebastián se arrodilló frente a ella. Sofía, necesito que pienses quién ha tenido acceso a Mateo en las últimas semanas, además de nosotros, las niñeras, respondió ella con voz temblorosa. Han sido 17 diferentes y antes de ellas estaba Isabela. Valentina, que seguía acariciando suavemente el cabello de Mateo para mantenerlo calmado, levantó la vista de inmediato. Isabela, ¿quién es Isabela? era su niñera principal, explicó Sebastián. Estuvo con nosotros casi 2 años. Mateo la adoraba, pero hace un mes simplemente desapareció.
Dejó una nota diciendo que había conseguido un trabajo mejor en Monterrey y se fue sin siquiera despedirse de Mateo. ¿Y no les pareció extraño?, preguntó Valentina. Sí, admitió Sebastián. Muy extraño. Intenté contactarla, pero su teléfono estaba desconectado. Sus referencias resultaron ser falsas. Era como si Isabela nunca hubiera existido. Valentina intercambió una mirada significativa con Sebastián y cuando empezó a llorar Mateo, Sebastián sintió que su estómago se retorcía tres días después de que Isabela se fue. El silencio en la habitación era denso, cargado de implicaciones terribles.
Emiliano regresó con una bandeja médica llena de instrumentos esterilizados, algodón y antisépticos. Valentina se lavó las manos en el baño privado de Mateo y se preparó para trabajar. Mateo, mi campeón, le habló con dulzura. Voy a quitarte lo que te duele. Sí, va a molestarte un poquito, pero después te vas a sentir mucho mejor. ¿Confías en mí? El niño, con los ojos rojos e hinchados, asintió. Me va a doler como cuando me lo pusieron. Preguntó con voz quebrada.
La pregunta congeló a todos en la habitación. Valentina tragó saliva y mantuvo su voz firme. No, mi amor, mucho menos, te lo prometo. Comenzó el proceso lento y meticuloso de remover cada fragmento de metal. Mateo gimió y lloró, pero Sebastián lo sostuvo susurrándole palabras de aliento mientras su corazón se partía. Cada pequeño fragmento que Valentina sacaba y colocaba en un recipiente de cristal era una evidencia más del horror que su hijo había vivido. 30 minutos después, Valentina había extraído 18 fragmentos metálicos, pequeñas agujas, tachuelas diminutas, hasta un pedazo de alambre delgado como un cabello.
Los colocó todos bajo la luz de la lámpara para que Sebastián pudiera verlos. Quien hizo esto conocía a anatomía básica, explicó Valentina mientras limpiaba y desinfectaba cada pequeña herida en el cuero cabelludo de Mateo. Los colocó donde causarían el máximo dolor, pero sin penetrar el cráneo. Es tortura calculada, metódica. Pero, ¿por qué? La voz de Sebastián temblaba de rabia contenida. ¿Por qué alguien haría esto a un niño de 6 años? Esa es la pregunta que debemos responder.
Valentina terminó de curar la última herida. Listo, campeón, ya terminamos. ¿Cómo te sientes? Mateo parpadeó sorprendido. Por primera vez en semanas el dolor constante había desaparecido. “Ya no me duele”, dijo con asombro. “Papi, ya no me duele.” Sebastián abrazó a su hijo con tanta fuerza que pensó que su corazón estallaría. Mateo se aferró a él y finalmente, después de tres semanas de agonía, el niño dejó de llorar. Pero mientras Sebastián sostenía a su hijo por encima de la cabeza de Mateo, vio a Valentina observando fijamente a Sofía y vio algo en los ojos de su esposa que nunca antes había notado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
