El hijo del multimillonario sufría dolores,hasta que la niñera le quitó algo misterioso de su cabeza…

Terror absoluto. “Señora Montalvo”, dijo Valentina en voz baja, “¿Dónde guardaba Isabela sus cosas personales antes de irse?” Sofía palideció aún más en el cuarto de servicio del tercer piso, pero ya fue limpiado y quiero verlo, interrumpió Valentina. Ahora el cuarto de servicio era pequeño y espartano. Una cama individual, un armario, una ventana que daba al jardín trasero. Emiliano encendió la luz y Valentina comenzó a inspeccionar cada rincón. Sebastián la observaba con curiosidad creciente. Esta mujer de Tepito se movía con la precisión de una detective.

¿Qué buscas?, preguntó Isabela. Se fue con mucha prisa, ¿verdad?, dijo Valentina mientras movía el colchón. tan rápido que dejó referencias falsas y un teléfono muerto. La gente que huye así casi siempre deja algo atrás, algo que se detuvo. Había encontrado una tabla suelta en el piso debajo de donde estaba la cama. Con cuidado la levantó. Allí, en un pequeño hueco, había un cuaderno de pasta dura con flores dibujadas. Valentina lo sacó y lo abrió. Las primeras páginas eran entradas de diario normales.

Hoy Mateo aprendió a contar hasta 100. El señor Montalvo me dio un bono por fin de año, pero mientras pasaba las páginas, el tono cambiaba, se volvía más oscuro, más desesperado. Y entonces llegó a la última entrada, fechada exactamente un día antes de que Isabel la desapareciera. Ya no puedo seguir con esta mentira. Ya no puedo ver sufrir a Mateo sabiendo lo que sé. Mañana le diré la verdad a Sebastián, aunque me cueste la vida. Él merece saber que Mateo no es hijo de Sofía, es mi hijo y ella lo ha estado torturando para vengarse de mí por el error que cometí hace 7 años.

Dios me perdone por haber abandonado a mi bebé. Dios me perdone por haber vuelto y no haber tenido el valor de reclamarlo antes. Pero mañana todo se acaba. Mañana la verdad sale a la luz. El cuaderno cayó de las manos de Valentina. Sebastián lo recogió, leyó las palabras y sintió que su mundo entero se desintegraba. Sebastián leyó la entrada del diario tres veces, cada palabra perforando más profundo que la anterior. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el cuaderno.

Emiliano y Valentina lo observaban en silencio, dándole espacio para procesar lo improcesable. “Mateo no es hijo de Sofía”, murmuró finalmente su voz ronca. Isabela era su madre biológica y Sofía, Dios mío. Sofía lo sabía y lo torturó a su propio al niño que críamos juntos. Valentina tomó el diario con cuidado, pasando las páginas hacia atrás, buscando más información. “Mire aquí, señor Montalvo,” señaló una entrada de 6 meses atrás. Isabel la escribe. No puedo creer que Sofía me reconoció después de tantos años.

Pensé que el cabello teñido y los lentes de contacto serían suficientes, pero hoy me llamó a su habitación y me dijo exactamente tres palabras. Sé quién eres. Tengo miedo, mucho miedo, pero no puedo irme ahora. No puedo abandonar a mi hijo otra vez. Sebastián se dejó caer en la cama de Isabela, sintiendo que sus piernas no podían sostenerlo más. No entiendo nada. ¿Cómo es posible? Sofía dio a luz a Mateo. Yo estuve ahí, vi todo el embarazo, estuve en el parto.

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