En la austera y brutalista mansión de Pedregal, el amanecer se quebró con un grito casi inhumano. El pequeño Leo, de tan solo siete años, se retorcía en su cama de seda, aferrándose a las sábanas mientras oleadas de dolor lo recorrían.
Su padre, Roberto —un poderoso millonario capaz de resolver cualquier crisis empresarial—, permanecía sentado a su lado, impotente, con las palmas de las manos mojadas por las lágrimas. Un equipo de neurólogos volvió a estudiar las resonancias magnéticas de Leo, repitiendo la misma fría conclusión:
"Nada físico, señor. El cerebro está intacto. Su condición parece psicológica".
Pero María, la nueva niñera —una mujer indígena de manos callosas y una sabiduría serena—, notó lo que las costosas máquinas no percibían. Vio el sudor frío en la frente de Leo, la forma en que se encogía, la forma en que sus deditos siempre se deslizaban hacia la coronilla como si señalaran una fuente oculta de dolor.
La madrastra de Leo, Lorena, había impuesto reglas estrictas para proteger sus "frágiles nervios": nada de tocar sin guantes, ni abrazos, ni calor. Leo vivía rodeado de protocolos estériles en lugar de afecto. Todos creían en el diagnóstico de hipersensibilidad sensorial extrema de Lorena, pero María sentía que algo andaba mal. Muy mal.
En los fugaces instantes en que se le pasaba el efecto de los sedantes a Leo, María notaba un patrón: su mano siempre volvía al mismo punto en el cuero cabelludo, bajo el grueso gorro de lana que usaba siempre, incluso en el calor sofocante de Ciudad de México. Lorena insistía en que el gorro era para protegerlo, y que nadie más que ella podía quitárselo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
