Una noche, se acostó en el sofá de la sala de estar fingiendo dormir. Deliberadamente dejó su reloj más caro, una billetera abierta y algo de dinero en efectivo sobre la mesa. Como de costumbre, Ananya llegó tarde en la noche para limpiar. Alrededor de las once, la puerta se abrió suavemente.
Ananya entró: descalza, con el cabello recogido y una pequeña linterna en la mano. Se movía despacio, como si temiera despertar el silencio oculto en las paredes de la mansión. Aarav mantuvo los ojos entreabiertos, conteniendo la respiración, fingiendo dormir. Esperaba algo de codicia: una mirada al dinero, un poco de vacilación, un error.
Pero lo que vio hizo que su corazón se detuviera. Ananya ni siquiera miró el dinero. Caminó directamente hacia Aarav, se inclinó y le colocó un chal por encima. En un suave susurro dijo: “Ojalá no se sintiera tan solo…”
Se quedó allí un momento, luego tomó el reloj de la mesa. El corazón de Aarav se aceleró, pero Ananya simplemente limpió el reloj con su pañuelo, lo pulió y lo colocó exactamente donde estaba. Antes de irse, dejó algo sobre la mesa: una flor de caléndula seca y una nota doblada.
Aarav esperó hasta que ella salió de la habitación. Luego abrió la nota. Decía: “A veces, las personas que lo tienen todo son las que más necesitan un poco de humanidad”.
No pudo dormir esa noche. Esa sola frase seguía resonando en su mente, derribando muros dentro de él que no sabía que aún tenía.
Al día siguiente, vio a Ananya a través de la ventana, limpiando el cristal en silencio. Cada movimiento suyo transmitía honestidad: sin alardes, sin codicia.
Pasaron los días y esta “prueba” se convirtió en un hábito para Aarav. Cada noche fingía dormir, y cada noche Ananya hacía lo mismo: cubrirlo, apagar la linterna, decir algo amable e irse.
Una noche, Aarav no pudo contenerse. Cuando ella se giró para irse, él abrió repentinamente los ojos. “¿Por qué haces esto?”, preguntó suavemente.
Ananya se quedó helada. “S-señor, ¿estaba despierto?” “Estaba fingiendo”, admitió avergonzado. “Quería ver quién eres realmente”. Sus ojos se humedecieron. “Así que me puso a prueba…” Aarav bajó la cabeza. “Pensé que todos querían algo de mí. Pero tú… tú solo dejas flores”.
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