Ananya sonrió gentilmente. “Porque alguien me dijo una vez: cuando una persona se esconde detrás de los muros de su riqueza, está rodeada de cosas, no de personas”.
Aarav se quedó en silencio. Por primera vez en años, alguien le había hablado con tanta honestidad. Esa noche, hablaron durante horas: sobre su pueblo, la lluvia, el olor a roti caliente y las vidas inacabadas. Por la mañana, incluso el frío silencio de la mansión parecía derretirse.
La mansión comenzó a cambiar. Sus luces frías se sentían más cálidas. Aarav empezó a sonreír de nuevo. Comenzó a pedirle su opinión a Ananya: “¿Es bonita esta canción?”, “¿Quieres té?”. Lentamente, sin nombre, algo creció entre ellos: confianza, y tal vez un poco de amor.
Un día, Aarav notó un montón de capullos secos de caléndula junto al jardín. “¿Por qué coleccionas estos?”, preguntó. Ananya respondió: “Porque incluso la flor más simple puede alegrarle el día a alguien”.
Pero como en toda historia, llegó una tormenta. Uno de los socios comerciales de Aarav comenzó a difundir rumores: “Esa chica te está atrapando. Quiere tu propiedad”. Y solo por un momento, Aarav le creyó.
Ese único momento rompió todo. A la mañana siguiente, Ananya no vino. Sobre la mesa había una carta: “Por favor, no se preocupe, señor. Me dio mucho: respeto, confianza. Pero ahora es el momento de irme antes de convertirme en otra sombra en su historia. — Ananya”.
Aarav la buscó durante semanas, pero fue en vano.
Meses después, mientras visitaba un pequeño pueblo en Uttarakhand por trabajo, vio una panadería: “La Caléndula de Ananya”. Entró. Ananya estaba allí: con las manos manchadas de harina, la misma sonrisa suave. Cuando lo vio, dejó caer el rodillo. “Pensé… que nunca volvería”, susurró.
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