No es mi culpa que ella apareciera buscando drama. La sala estalla en indignación al mismo tiempo que el cuerpo de Valeria cede de nuevo. Su mano se resbala de su vientre. Su cabeza cae hacia adelante, su respiración se vuelve superficial. La voz del médico se eleva urgentemente. Quédate conmigo. Mírame. Mantén los ojos abiertos. Valeria lo intenta, pero sus párpados aletean. El dolor resurge de nuevo, más profundo y pesado, como si su propio cuerpo le suplicara que se alejara de este lugar.
Ella jadea. Duele. Duele demasiado. Una mujer arrodillada a su lado susurra. Quédate con nosotros. No estás sola. La ayuda está en camino, pero la ayuda aún está a minutos de distancia. Los minutos se sienten como horas dentro de una boda que se desmorona. Un teléfono suena de nuevo, luego otro. Los invitados retroceden mientras otro titular se propaga. Registros judiciales revelan orden de protección presentada semanas antes de la boda. Valeria escucha eso. Sus ojos se abren ligeramente. Miedo, humillación y agotamiento parpadean juntos.
Nunca quiso que el mundo supiera que había solicitado protección. Nunca quiso que su sufrimiento privado fuera expuesto así. Pero ahora todo se está derramando. La verdad fluye más rápido de lo que cualquiera puede detenerla. Adrián parece furioso. Estos son mentiras. Ella inventó esos papeles para castigarme. El doctor responde bruscamente. Basta. Ella está en una emergencia médica. Necesitas alejarte. Adrián se niega. No me iré de su lado. Una voz resuena desde el otro lado del salón de baile.
Deberías haber pensado en eso antes de romperle el vestido. Cada invitado se gira hacia la entrada, pero nadie llega todavía. Ese momento aún está por llegar. Antes de que suceda, la tensión alcanza su punto de ruptura. Valeria intenta levantarse de nuevo. Su cuerpo tiembla violentamente. El doctor la estabiliza, pero ni siquiera él puede ocultar su preocupación. Ella susurra. Por favor, quiero irme. No puedo quedarme aquí. Él asiente rápidamente. Te sacaremos. Solo respira. Dentro y fuera. Sus manos tiemblan.
El satén rasgado se desliza entre sus dedos. La humillación le quema la piel con más ferocidad que el dolor y luego su cuerpo se pliega hacia adentro. Su cabeza cae sobre el hombro del doctor. La sala estalla en gritos de alarma. Alguien grita por hielo. Otra persona pide espacio. El doctor levanta la voz por encima del caos. Está perdiendo el conocimiento. Apártense ahora. El salón de baile está ya en movimiento. Las sillas son apartadas. La gente se apresura a despejar un camino de salida.
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