
Su distancia no es señal de indiferencia, sino de instinto de supervivencia. Es un equilibrio delicado: desean mantener el vínculo, pero también necesitan proteger su bienestar emocional.
La solución reside en la empatía y la comprensión. Que los padres reconozcan los errores del pasado, escuchen sin juzgar y respeten los límites puede transformar las visitas, de experiencias que generan ansiedad, en oportunidades para una conexión genuina. Actos sencillos, como preguntar "¿Cómo estás hoy?" en lugar de "¿Por qué no has hecho esto?", pueden marcar una gran diferencia.
En definitiva, el mayor temor de los niños al visitar a sus padres es ser heridos o incomprendidos, no sentirse desamados. Al abordar las interacciones familiares con paciencia, franqueza y respeto, tanto padres como hijos pueden reconstruir la confianza, fortalecer los vínculos y redescubrir la calidez que una vez hizo del hogar un lugar de consuelo y seguridad.
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