La foto permaneció en la habitación, no como decoración. sino como un recordatorio silencioso de una mujer que Liam nunca conoció, pero que aún parecía sentir. Y Ema, consciente de ello, empezó a cuidar de él no solo con paciencia, sino con algo más cercano al amor. Todo comenzó una noche. Una fuerte tormenta azotó la zona con vientos intensos y truenos estruendosos. El sonido de la lluvia golpeando las ventanas llenaba la casa. La mayoría del personal ya estaba en sus habitaciones.
Emma estaba en la cocina sirviéndose un vaso de agua cuando escuchó el primer grito. Era agudo, desesperado. Luego vinieron los golpes fuertes, repetidos, contra la madera o el metal. Corrió escaleras arriba sin pensarlo. En el pasillo cerca de la habitación de Liam encontró a dos empleados parados frente a la puerta, sin saber qué hacer. Dentro. Liam estaba en plena crisis. Lloraba, gritaba, golpeaba los costados de su silla de ruedas. Sus manos golpeaban los apoyabrazos una y otra vez.
Su rostro estaba rojo, su cuerpo rígido. Nadie se movía para detenerlo. Ema entró corriendo, ignorando el ruido. Se arrodilló frente a él. El niño temblaba. Afuera, un trueno sacudió la casa. Sin dudarlo, Ema rodeó su pequeño cuerpo con los brazos. Al principio, Liam se resistió, empujó Pataleo intentando liberarse, pero Emma no lo soltó. Le susurró palabras suaves al oído. Está bien, estoy aquí. estás a salvo. Sus brazos no se apartaron, incluso cuando él le golpeó el hombro o le tiró del cabello.
Sabía que nunca antes había permitido ese tipo de contacto, pero ese momento era distinto. Él tenía miedo más que nunca y estaba atrapado en su propio pánico. La tormenta afuera solo lo empeoraba. Su cuerpo temblaba, pero poco a poco sus manos dejaron de golpear. Su respiración se volvió más lenta, más profunda. Ema siguió abrazándolo con la mejilla apoyada suavemente contra la suya. Los otros empleados miraban desde el pasillo, paralizados, sin saber qué hacer. Segundos después, Richard apareció corriendo, aún con los guantes de conserje puestos y un trapo en la mano.
Se quedó paralizado en la puerta. Lo que vio lo detuvo por completo. Su hijo en silencio en los brazos de Ema, sin gritar, sin llorar, solo respirando. Richard no se movió, permaneció en el umbral con los ojos muy abiertos y el pecho apretado. Por un momento se sintió inútil. Ese era su hijo, el niño que había criado solo, al que había intentado consolar tantas veces sin éxito. Y allí estaba Ema, una desconocida hasta hacía unas semanas, sosteniendo a Liam como si lo hubiera conocido toda la vida.
Richard dejó caer el trapo que tenía en la mano. Todavía llevaba los guantes, pero no le importó. Dio un paso lento hacia adelante, luego se detuvo otra vez. No quería romper el momento. La cabeza de Liam descansaba ahora sobre el hombro de Ema. Su cuerpo estaba suelto, no por agotamiento, sino por calma. Ema le acariciaba suavemente la espalda, susurrando aún. Entonces ocurrió algo que dejó a ambos, Emma y Richard, completamente inmóviles. Con una voz débil y entrecortada, Liam susurró una sola palabra.
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