El millonario había invitado a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó radiante como una diosa.

Patricia Salazar estaba terminando su última serie de pinturas en un ventanal que iba del suelo al techo cuando un reflejo de la luz a su espalda captó su atención: un destello dorado donde antes no lo había. Sobre el escritorio de caoba pulida de la oficina ejecutiva yacía un sobre de tal elegancia que parecía casi desafiante, como si llamara a la sala para justificar su presencia. Papel grueso. Letras en relieve. Un sello de lacre fijado con deliberado cuidado.

No delataba oportunismo.

Patricia continuó limpiando el cristal, fingiendo no notar que se le aceleraba el pulso. Se decía a sí misma que estaba imaginando cosas. Se decía a sí misma que la curiosidad era un lujo que no podía permitirse. Sin embargo, su mirada volvía una y otra vez a ese sobre, atraída por una sutil intuición en la que no confiaba del todo: la sensación de que la vida a veces pone a prueba a las personas no con puertas abiertas, sino con trampas cuidadosamente disimuladas.

Tenía veintitrés años y, durante los últimos dos, había limpiado las oficinas de una de las torres de oficinas más altas de Ciudad de México. Dominaba el arte de la invisibilidad: moverse con discreción, sin interrumpir jamás, haciéndose lo más pequeña posible para no molestar a nadie. También había aprendido a leer la mente sin hablar. Algunos pasaban junto a ella como si fuera invisible. Otros la miraban como si mirara un mueble que no había elegido. Y muy pocas personas —muy pocas— la consideraban un ser humano.

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