El millonario había invitado a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó radiante como una diosa.

En el club de campo, coches de lujo dejaban salir a hombres con esmoquin y mujeres con suntuosos vestidos. Patricia salió del servicio de transporte y sintió miradas curiosas. Un guardia de seguridad revisó su invitación, sorprendido de verla llegar sin conductor.

"Bienvenida, señorita Salazar".

Adentro, los candelabros, las flores importadas, la porcelana... todo parecía diseñado para recordar a algunos quiénes pertenecían y a otros quiénes no. Patricia caminaba despacio, sosteniendo su bolso prestado como una brújula.

Y entonces lo vio: Sebastián, riendo con un grupo de hombres. Sus miradas se cruzaron y su sonrisa se apagó como una vela. Por primera vez, ya no veía a la señora de la limpieza. Vio a una mujer.

Patricia se acercó.

“Buenas noches, Sr. Vargas.”

“¿Consiguió… venir?”, balbuceó, intentando recomponerse.

“Me invitó.”

Uno de sus amigos, un hombre mayor de mirada penetrante, le extendió la mano.

“Javier Torres. ¿Patricia Salazar?”

Patricia aceptó el saludo con convicción.

“Mucho gusto.”

“Es nueva en nuestro círculo”, comentó Javier, intrigado.

Patricia sonrió sin bajar la mirada.

“Digamos que estoy muy ocupado con el trabajo.”

“¿En qué campo?”, preguntó.

Patricia lo había apostado todo.

“Administración. Estoy terminando mis estudios. Me especializo en gestión de recursos humanos.”

Sébastien se puso rígido, como si la verdad le causara una reacción alérgica.

“Javier, quizá no sea el momento de hablar de negocios…”

“Tonterías”, interrumpió Javier. “Siempre es buen momento para descubrir talento.”

Patricia sintió el vértigo de estar al borde del precipicio: si se caía, se reirían de ella; si caminaba, podría cambiar de vida.

En ese momento, una elegante mujer de unos cincuenta años se acercó con una cálida sonrisa.

“Javier, tienes a la chica más guapa de la fiesta para ti solo.”

“Victoria”, respondió.

Patricia se giró y se encontró con una mirada que no la juzgaba, sino que era realmente observadora.

“¡Qué collar tan bonito!”, dijo la mujer, señalando la cadena que llevaba al cuello. “¿Dónde lo has conseguido?”

Patricia tocó el colgante instintivamente.

“Era de mi madre.”

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