El millonario había invitado a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó radiante como una diosa.

Victoria palideció, como si una puerta se hubiera abierto en su interior.

“¿Cómo se llamaba tu madre?”

“Carmen Salazar.”

La reacción fue inmediata: Victoria se agarró el pecho y se le llenaron los ojos de lágrimas.

“Dios mío… ¿eres hija de Carmen?”

Patricia se quedó sin aliento.

“¿Conociste a mi madre?”

“¡Claro!”, exclamó Victoria, riendo con entusiasmo. “Tu madre trabajaba para mi familia.” “Era una persona excepcional.”

Las palabras de la abuela volvieron a mí, encajando como piezas de un rompecabezas. Mendoza Reyes. Victoria. Carmen. Y Patricia, en medio, como un puente inesperado.

En pocos minutos, el ambiente cambió. La curiosidad dio paso al interés genuino. La distancia se instaló, dando paso a la franqueza. Victoria tomó la mano de Patricia con una espontaneidad casi dolorosa.

“¿Dónde trabajas, cariño? ¿Cómo van tus estudios?”

Patricia podría haber mentido. Pero algo en los ojos de Victoria le recordó a su madre.

“Trabajo de cuidadora mientras termino mis estudios.”

El silencio fue breve. No un silencio de vergüenza, sino de respeto.

“Igual que tu madre”, dijo Victoria con orgullo. “Trabajaba de día y estudiaba de noche.”

Sébastien aprovechó la situación, desesperado.

“Victoria, puede que no lo sepas, pero Patricia limpia mi oficina.”

Victoria lo miró como si la frialdad de la habitación llevara su nombre.

“¿Y qué hay de malo en eso?”

“Creo… creo que no encajo en este ambiente”, balbuceó.

La voz de Victoria se volvió firme.

“¿Insinúas que el trabajo honesto es vergonzoso? Si es así, debo recordarte que tu abuela era costurera. No reniegas de tus orígenes, Sebastián. Los honras.”

Sebastián se sonrojó, atrapado por su propia crueldad.

Victoria acompañó a Patricia a la mesa principal, presentándola con una frase que sonó a bendición:

“Les presento a Patricia Salazar, hija de la difunta Carmen”.

Varios reconocieron el nombre. Sonrisas, anécdotas, cariño por una mujer que Patricia creía haber conocido solo.

Y en medio de este descubrimiento, Patricia comprendió algo que le hizo llorar: su madre no solo había sido ama de llaves. Había sido una luz en la vida de otros, sin buscar jamás reconocimiento.

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