En la subasta benéfica, Patricia escuchó cifras que parecían irreales. Entonces, apareció una multitud de libros sobre gestión y administración de empresas. Precio inicial: quinientos pesos.
El corazón le dio un vuelco. Estos libros podrían cambiar el curso de su semestre. Quizás incluso toda su carrera. Tenía quinientos en casa, por si acaso.
Sin pensarlo, levantó la mano.
"Quinientos".
Un murmullo recorrió la sala. Nadie más pujó. Vendido.
Patricia sintió orgullo... y pánico. ¿Cómo iba a agradecerle en ese mismo momento? Fue entonces cuando Sebastián vio su última oportunidad. Se acercó al micrófono con la confianza de quien cree tener el control.
“Amigos míos”, dijo en voz alta, “quisiera hacer un comentario sobre la subasta anterior. La señorita Patricia Salazar, quien ganó los libros por quinientos pesos, trabaja como limpiadora en mi oficina”.
La habitación se congeló. Patricia sintió que la sangre le subía a la cara. Por un instante, sintió el impulso de levantarse y correr, como tantas otras veces. De volverse invisible.
Pero él se levantó lentamente. Respiró. Y habló.
“El señor Vargas tiene razón. Soy limpiador. Y estoy orgulloso de mi trabajo”.
Su voz tembló levemente, pero no se quebró.
“Sí, quinientos pesos es una suma considerable para mí. Pero mi madre me enseñó que la educación es la única inversión que nunca pierde su valor. Trabajaré horas extras si es necesario”. Porque así es como la gente honesta hace las cosas.
Se hizo un silencio diferente. No un silencio burlón, sino un silencio de agradecimiento. Roberto Martínez, un empresario sentado cerca, se puso de pie y comenzó a aplaudir. Gabriela Fernández hizo lo mismo. Victoria también. Y en cuestión de segundos, toda la sala se puso de pie.
Sebastian permaneció inmóvil, sintiendo su humillación reflejada en un espejo.
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Cuando cesaron los aplausos, Roberto se inclinó hacia Patricia.
"Te ofrezco un puesto junior en recursos humanos en mi empresa". Salario atractivo, horario flexible, lo que te permite continuar tus estudios.
Patricia sintió que el aire se llenaba de promesas.
"Acepto", dijo, y por primera vez, esa palabra no era sumisión, sino elección.
Al final del evento, Sebastian se acercó, solo, sin su risa habitual.
"Debo disculparme", murmuró. "Eso fue cruel. Cruel".
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