El millonario había invitado a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó radiante como una diosa.

Patricia lo miró sin odio, sin ningún deseo de venganza.

"Tienes todo lo que el dinero puede comprar", respondió, "pero no tienes carácter. Si quieres cambiar, empieza por tratar a tus empleados como seres humanos".

Se dio la vuelta y se fue, dejando atrás no a un hombre derrotado, sino a un hombre obligado a enfrentarse a sí mismo.

Al irse, Victoria la alcanzó y le puso un sobre en las manos.

"Tu madre me dejó esto". "Me pidió que te lo diera si alguna vez te encontraba. Ábrelo en casa", susurró. "Y... hoy estaría orgullosa de ti".

En el apartamento, Sofía escuchaba con los ojos abiertos, como si Patricia acabara de regresar de otro planeta. Al abrir el sobre, encontró una carta escrita a mano y una libreta de ahorros.

"Mi querida Patricia... cada centavo se gastó pensando en tu futuro. Nunca te avergüences de trabajar honradamente. Pero nunca aceptes que te traten con menos respeto del que mereces..."

Patricia lloró, no de tristeza, sino de alivio. Su madre la había cuidado durante su ausencia.

A la mañana siguiente, recuperó la cadena de la casa de empeños. Una semana después, empezó su nuevo trabajo. No olvidaba de dónde venía. Ese recuerdo le sirvió de guía. Sugirió mejoras para el personal de limpieza. Para su gran sorpresa, Sebastián implementó varias de ellas. Quizás por culpa. Quizás por algún tipo de despertar.

Meses después, Patricia ya no caminaba con la espalda encorvada. Había perdido toda dignidad.

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