Aquel día, Benjamin Scott volvió a Greenwich hecho una furia, triturado por Manhattan, por reuniones brutales y un fracaso que le arrancó la armadura, dispuesto a hundirse en el silencio de ocho meses
El estrés le roía el alma, y su rabia se mezclaba con culpa, porque Amanda estaba muerta, y él se sentía un padre inútil, sin mapa, sin palabras, sin ternura.
A las cuatro tomó su maletín italiano y se marchó sin despedirse; el regreso a Connecticut fue como caminar sobre vidrio roto, apretando el volante hasta blanquear nudillos.
Entró al camino de entrada vacío por dentro, cruzó el vestíbulo enorme, aflojó la corbata, esperando lo de siempre: silencio opresivo, un mausoleo construido con culpa diaria.
Pero aquella casa vibraba, como si alguien hubiera encendido un corazón escondido, y Benjamin se detuvo, porque el aire traía un sonido imposible, un sonido que no existía.
Risas, risas genuinas, abiertas, salvajes, las risas de sus hijos, y el pecho de Benjamin se cerró de golpe, porque Rick, Nick y Mick no reían desde Amanda.
No desde que un conductor ebrio la atropelló cuando iba a comprarles un medicamento, y desde entonces los trillizos se volvieron fantasmas, pequeños cuerpos mudos en pasillos demasiado caros.
Benjamin quedó congelado, persiguiendo el sonido como un hombre que oye un fantasma, incapaz de creer, pero sabiendo que aquello era real, porque la risa no se inventa.
Su maletín resbaló de sus dedos y cayó sobre el mármol con un golpe sordo, y él caminó guiado por el ruido, con el corazón golpeándole el pecho hasta dolerle.
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