Siguió el pasillo hacia el solárium, el lugar que Amanda amaba por la luz, y empujó la puerta de cristal, esperando encontrar un espejismo que no lo humillara.
Lo que vio lo dejó sin aire, como si la casa entera se hubiera partido en dos frente a sus ojos, y en el centro del quiebre estuviera la vida.
Jane Morrison, la niñera contratada hacía apenas un mes por su suegra, estaba en el suelo a cuatro patas, respirando rápido, el rostro rojo por el juego.
Rick, Nick y Mick estaban montados sobre su espalda, riendo con una alegría descontrolada, y Mick llevaba una cuerda como riendas, como si Jane fuera un caballo.
Jane relinchaba, sacudía la cabeza, trotaba por la alfombra, riéndose con ellos como si la hipoteca, la junta directiva y el mundo exterior hubieran dejado de existir.
Benjamin no podía moverse, no podía respirar, porque esos mismos niños que gritaban de noche y preguntaban por mamá, estaban jugando de verdad, sin miedo, sin vergüenza.
Y no era con él, el padre millonario, el hombre que pagó terapias y juguetes electrónicos, sino con ella, una desconocida a la que apenas miraba, a la que apenas hablaba.
Ella había logrado lo que su dinero no podía comprar, lo que su desesperación no conseguía, y la ira de Manhattan se le derritió en un nudo agonizante de culpa y admiración.
Benjamin entendió, con una claridad que dolía, que mientras él buscaba soluciones caras, Jane les había dado permiso para ser niños otra vez, un calor para romper la escarcha.
Entonces Jane levantó la vista y lo vio en el umbral; su risa se cortó, el pánico abrió sus ojos, y el juego murió en silencio instantáneo, seco, brutal.
Los trillizos se aferraron a Jane como a un salvavidas, y sus rostros alegres se transformaron en máscaras de miedo conocidas, como si la risa fuera algo prohibido.
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