El silencio que siguió fue más fuerte que el de ocho meses, porque estaba lleno de vida contenida, de culpa acumulada, de una pregunta muda: ¿quién puede salvarlos?
Jane se puso de pie, avergonzada, jadeando, y susurró una disculpa, diciendo que no sabían que volvería tan pronto, que aquello no era profesional, que solo estaban…
Benjamin alzó la mano y la detuvo, porque su garganta se cerró, y lo único claro fue una verdad hiriente: él estaba donde no debía, mientras su familia moría en silencio.
“Jane,” dijo al fin, con la voz áspera, “no te disculpes,” y esas dos palabras abrieron una grieta dentro de él, una grieta por donde entraba aire nuevo.
Se acercó a sus hijos, se agachó, y miró a Rick, luego a Nick, luego a Mick, buscando señales de su esposa perdida, encontrando algo distinto: un brillo de esperanza.
“¿Estabas siendo un caballo, Nick?” preguntó, sin reproche, como invitación, y el niño asintió tímido, mirando a Jane para asegurarse de que era seguro existir.
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