Eran las 2 de la mañana en la imponente mansión colonial de Puebla y el silencio de la noche fue interrumpido por un grito que estremeció a todos los sirvientes. En la habitación del pequeño Leo, de 6 años, se libraba una batalla desigual. Su padre, Javier, un empresario exhausto con profundas ojeras, sujetaba a su hijo por los hombros con la paciencia agotada.
Deja ya esta rabieta. Te vas a dormir en tu cama. Necesito descansar y tú también”, gritó con la voz ronca por la frustración, con un movimiento brusco presionó la cabeza del niño contra la suave almohada de seda egipcia. La respuesta de Leo fue inmediata y aterradora, un grito de puro dolor, no de quejido, mientras luchaba frenéticamente por levantar la cara con lágrimas corriendo por sus mejillas ya rojas y amoratadas.
Javier, cegado por el cansancio y convencido de que se trataba de otro episodio de rebeldía sin sentido, ignoró el sufrimiento de su hijo, interpretó la lucha del niño como desobediencia, cerró la puerta con llave desde fuera y se marchó a su habitación, dejándolo soyloosando en la oscuridad. Sin embargo, en el pasillo, oculta entre las sombras, estaba clara.
La nueva niñera, una mujer canosa y observadora, sintió un nudo en el corazón. Sabía distinguir el llanto de un niño mimado del de un niño herido. Y ese sonido que provenía de detrás de la puerta cerrada no era una actuación. Era el sonido de alguien siendo lastimado físicamente en el lugar donde debería estar más seguro.
Clara había sido contratada recientemente y gracias a sus años de experiencia cuidando niños, había notado un patrón inquietante que escapaba a la atención del atareado padre. Durante el día, Leo era un niño dulce, tranquilo e incluso alegre. Pero en cuanto se ponía el sol y se acercaba la hora de dormir, entraba en pánico.
Lo había visto intentar dormir sentado en la alfombra o acurrucado en un sillón duro, evitando la cama a toda costa. Aún más alarmantes eran las marcas físicas. La cara y las orejas del niño solían estar rojas por la mañana con pequeños arañazos y picaduras, marcas que su madrastra Mónica, atribuyó rápidamente a una alergia grave a la tela o aquel niño se rascaba con las uñas durante las pesadillas.
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