Clara intentó intervenir, sugiriendo tímidamente que quizás algo andaba mal en la habitación o en la cama, pero Mónica la interrumpió bruscamente. Te contrataron para limpiar y supervisar, no para dar diagnósticos médicos. Si sigues justificando su mal comportamiento, puedes buscar otro trabajo”, amenazó la madrastra con una sonrisa gélida.
El miedo al desempleo mantenía a Clara en silencio durante el día, pero no paralizaba su conciencia. vio el terror en los ojos de Leo al caer la noche, un miedo primario que ningún niño debería sentir. Sabía que Javier no era un mal hombre, solo un padre ciego y manipulado, pero esta ceguera le estaba costando a su hijo la cordura y la integridad física.
Clara se dio cuenta de lo que nadie más vio. Su miedo tiene una causa real. Esta tensa historia transcurre en Puebla, México. ¿Y tú, desde qué ciudad del mundo sigues este misterio? Deja tu país en los comentarios y dinos hora es allí. Aquella fatídica noche, tras los gritos y la puerta cerrada, la casa se sumió en un pesado silencio.
Javier, tras la discusión, tomó un fuerte sedante para dormirse, dejando a Leo a Mercedarias pesadillas. Clara esperó pacientemente hasta asegurarse de que los adultos estaban en la cama y la casa estaba en silencio. Con una pequeña linterna en el bolsillo del delantal y el corazón latiéndole con fuerza, fue a la habitación del niño.
Usó la llave maestra a la que, como ama de llaves tenía acceso y giró la cerradura en silencio, decidida a desentrañar el misterio que atormentaba al niño. Al entrar, encontró a Leo despierto, acurrucado en el rincón más alejado de la cama, con la cabeza apoyada en las rodillas, lo más lejos posible de la almohada, sollozando suavemente para no despertar al monstruo que creía ser su padre.
Clara se acercó lentamente, iluminando suavemente el rostro del niño. “No tengas miedo, es la abuela Clara”, susurró Leo. La miró con los ojos hinchados, exhausto y marcado por el pánico. “Me duele, abuela. La cama me muerde”, dijo con la devastadora inocencia de un niño que no comprende la maldad humana. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
le pidió que se levantara y se acercó al cabecero. A primera vista, la almohada parecía perfecta, mullida, cubierta con una impecable funda de seda blanca. Una invitación al descanso. Clara pasó la mano suavemente por la superficie. Suave, normal. Pero entonces, recordando como Javier había obligado a bajar la cabeza del niño con su peso, presionó su palma abierta contra el centro de la almohada, aplicando una fuerza real.
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